Nadie llega a este mundo con un manual bajo el brazo. No nacemos sabiendo cómo se escribe la vida, pero aquí estamos… aprendiendo a cada paso, a base de intentos, errores y pequeños destellos de certeza.
A veces tachamos decisiones que no nos llevaron a ningún sitio, corregimos sueños que ya no encajan, cambiamos finales que dolieron más de lo que sanaron. Porque entendimos que esto no viene impreso, que no hay un guion definitivo. La vida se escribe con el alma, se reescribe con el corazón, y se edita con el tiempo… con cada herida, con cada abrazo, con cada despedida.
Hay páginas que tuvimos que arrancar enteras, otras donde escribimos en los márgenes lo que nunca dijimos en voz alta. El miedo nos llevó muchas veces a usar lápiz, por si era necesario borrar. Pero llega un momento en que sacamos la tinta, el coraje, y decidimos que incluso lo que dolió… merece quedar escrito. Porque también fue parte de lo que nos hizo ser quienes somos.
Somos editores de esos silencios que nadie escuchó, de esas emociones que nadie vio. De las veces que pospusimos nuestros sueños, no por falta de fe, sino por exceso de dudas. De las veces que quisimos rendirnos, pero seguimos.
Y sí, habrá capítulos que nadie entienda. Y no pasa nada. Porque no todos los libros están hechos para que los lean los demás. Este… este es el nuestro. Lo vivimos, lo sentimos, lo corregimos, lo sangramos. Lo escribimos en cada paso, en cada mirada que nos sostuvo cuando todo parecía derrumbarse.
No importa si a veces perdemos el hilo o no sabemos en qué parte del capítulo estamos. Lo que importa es que seguimos escribiendo. Que no buscamos que sea perfecto, solo que sea real. Que al mirar atrás, reconozcamos que cada línea llevaba un pedazo de verdad.
Porque al final del día, de todo lo que somos… somos los únicos editores.
Continuará…
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