Cualquiera puede decir “te amo”.
Y eso es lo fácil.
Lo difícil, lo valiente, lo que realmente marca la diferencia… es quedarse cuando no eres fácil de querer.
Porque todos podemos ser adorables cuando estamos de buen humor, cuando el mundo no pesa y las palabras salen suaves, medidas, dulces. Pero el verdadero amor, ese que se demuestra en actos, no en frases, aparece cuando la tormenta está dentro de ti y aun así alguien decide tenderte la mano en vez de soltarla.
Te pueden decir que eres guapo/a.
Te pueden decir que eres especial.
Te pueden decir mil veces que te quieren…
Pero no todos estarán dispuestos a aguantar el filo de tus palabras cuando se te escapan sin filtro, ni a quedarse cuando tus formas se vuelven espinas, ni a recoger con cariño lo que tú mismo/a destruyes en un momento de furia.
Y sin embargo, hay quienes lo hacen.
Quienes se quedan.
Quienes respiran hondo, aprietan los dientes y piensan que todo lo demás lo compensa.
Que esa mala leche no puede ser lo que te defina, que debajo hay luz, bondad, ternura, ganas.
Y luchan. Lo hacen porque entienden que amar no es solo disfrutar lo bonito, sino aprender a sostener también lo que duele.
Por eso, algún día tal vez recuerdes —o tal vez no— que alguien te dijo una vez algo más que “te amo”, te dijo:
– Vales muchísimo y te mereces lo más bonito de este mundo.
– Tienes el potencial suficiente para realizar y conseguir todo lo que te propongas.
– Eres una luz brillante en un mundo lleno de oscuridad.
– Cualquier persona sería afortunada de caminar la vida contigo, si supiera ver más allá de tus sombras.
Y no fue por halagar, fue porque lo creía.
Porque no todos están hechos para acompañarte incondicionalmente, pero algunos lo intentaron con el alma.
No por débiles.
Sino porque sabían que eras más que tus arrebatos.
Y porque el amor verdadero no grita… permanece hasta que no puede más.
Continuará…
Deja un comentario