No sé si esto que siento se llama realmente suerte, pero desde que estás, hay cosas que ya no pesan como antes. No hablo de mariposas ni de fuegos artificiales; me refiero a esa tranquilidad que aparece cuando alguien encaja en tu vida sin necesidad de empujar nada.
Tenerte no es vivir en una película. Es saber que puedo hablar sin pensar tanto en lo que digo, sentir que no tengo que demostrar nada para ser querido. Y eso, aunque no lo parezca, vale más que cualquier promesa bonita.
A veces siento que el mundo está lleno de ruido: gente que habla por hablar, que necesita llamar la atención, que vive persiguiendo lo inmediato. Y entonces apareces tú, con otra frecuencia. No gritas, no exiges, no empujas. Solo estás. Y eso, aunque suene simple, cambia por completo la forma en la que respiro.
La suerte, entonces, no es una cuestión de azar. Es que estés tú cuando muchos desaparecen. Es que seamos dos personas con dudas, con errores, con días buenos y otros no tanto, pero que, aun así, eligen quedarse.
No idealizo lo que somos. No necesito exagerar lo que siento. Solo sé que hay algo en ti que me hace respirar más tranquilo. Y no es magia. Es tu forma de estar sin invadir, de escuchar sin interrumpir, de mirar sin juicio. Eso no se encuentra fácil. Y yo lo encontré en ti.
Por eso escribo esto. No para convencerte de nada, sino para dejarlo claro: tengo suerte. No por tener una historia perfecta, sino por tener una historia que quiero seguir escribiendo contigo, día a día, sin guión, sin máscaras, sin clichés. Y si algún día todo esto cambia, si el tiempo nos lleva por caminos distintos, que al menos quede este pedazo de verdad: haber coincidido contigo ya fue suficiente para sentirme afortunado.
Te amo, J.
Continuará…
Deja un comentario