Siempre he sido escéptico con ciertas teorías.
La ley de la atracción, las vibraciones del universo, los saltos cuánticos…
Durante mucho tiempo me parecieron frases bonitas sin mucho fundamento.
Y sin embargo, hay algo en estas ideas que, con el tiempo, empieza a resonar más fuerte en mí.
Hoy me crucé con un texto que decía que la vida no responde a lo que piensas, sino a lo que vibras.
Y no sé si es del todo cierto, pero hay una parte que me cuesta ignorar.
Porque es verdad que a veces lo que recibimos no tiene tanto que ver con lo que decimos querer, sino con lo que llevamos callando.
Con las heridas no sanadas, con los trozos de nosotros que rechazamos o ignoramos.
Con esa energía silenciosa que emitimos incluso cuando intentamos mostrar otra cosa.
Podemos repetir afirmaciones, escribir propósitos, desear con fuerza que todo cambie…
Pero si por dentro seguimos huyendo de lo que somos, si nos negamos en lugar de abrazarnos, el mundo responde a esa vibración interna.
Porque, como decía aquel texto, la energía no miente.
Y eso me ha hecho pensar en lo que estoy viviendo ahora.
En todo lo que he tenido que aceptar para empezar a sanar de verdad.
En la importancia de dejar de buscar ser perfecto para permitirme ser total:
con mis dudas, mis sombras, mis fallos, mis miedos…
Y también con mi ternura, mi lealtad, mi amor, mis ganas de volver a confiar.
Quizá el verdadero cambio no ocurre cuando lo entiendes todo, sino cuando decides no esconderte más.
Cuando te miras de frente, sin juicio, y te das el permiso de estar, aunque no estés bien del todo.
No sé si el universo escucha, pero yo empiezo a escucharme a mí.
Y eso, ya lo noto, cambia la forma en que todo empieza a colocarse.
Quizá la plenitud no sea una meta, sino un permiso:
el permiso de ser quien eres, entero.
Y desde ahí… lo demás empieza a encajar.
Continuará…
Deja un comentario