“Tengo la teoría de que cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino por todas las cosas por las que no lloró en su debido momento.”
—Mario Benedetti
Hay días en los que basta una frase como esta para que algo dentro de ti haga clic.
Porque sí… a veces uno se rompe por algo que parece mínimo, una tontería, un malentendido, una palabra mal dicha.
Pero en realidad, no se trata solo de eso.
Es el eco de todo lo que no se dijo.
Es la acumulación de silencios tragados, de lágrimas que se quedaron en la garganta, de duelos que uno intentó enterrar bajo la rutina.
Llorar no siempre es por lo que pasa en ese instante.
Es por todo lo que venía guardado detrás.
Por lo que dolió y no se pudo soltar.
Por las veces en las que uno se hizo el fuerte, cuando en realidad solo necesitaba un lugar donde caer sin romperse del todo.
Y entonces sucede: una emoción cualquiera, en un momento cualquiera… y todo lo que habías aprendido a contener, se desborda.
Pero no es una derrota.
Llorar no es fracasar.
Es permitir que algo viejo se mueva, que lo que dolía en silencio encuentre salida.
Es limpiar. Es liberar. Es ser honesto con lo que uno lleva dentro.
Porque llorar por algo pequeño no es exagerar.
A veces es justo lo contrario: es compensar.
Es pagar la deuda emocional de todo lo que te callaste.
Y hay algo profundamente humano en eso.
En romperse un poco para seguir adelante.
En llorar lo que no se lloró… cuando por fin se puede.
Continuará…
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