En hilo a la entrada anterior he estado contrastando diferentes teorías psicológicas y he diferenciado lo que podrían ser varias respuestas o motivos.
Replanteo el caso:
Si ella ya no está conmigo…
Si ha encontrado a otra persona con la que dice ser feliz…
Si cada día me esfuerzo por que todo entre nosotros sea fácil, sin tensiones ni reproches…
Si la trato con respeto, si la ayudo, si sonrío aunque duela, si solo deseo que esté bien…
¿Por qué, entonces, me habla mal?
¿Por qué me trata con frialdad o con desprecio?
¿Por qué parece volcar en mí todo lo que no sabe gestionar consigo misma?
He buscado respuestas.
Y aunque la lógica emocional no siempre tiene explicación racional, la psicología ofrece algunas luces que, si bien no calman del todo, al menos ayudan a entender que no siempre se trata de mí… sino de lo que ella aún no ha resuelto dentro de sí.
1. La proyección emocional
A veces, cuando alguien no puede enfrentarse a lo que siente, lo proyecta en otros. Es más fácil culpar que asumir. Más fácil descargar la ira en alguien que sabes que no responderá con la misma moneda.
Puede que en el fondo esté frustrada, triste, confundida… pero lo que muestra es hostilidad. Y tú, que alguna vez fuiste su refugio, ahora eres el blanco más cercano.
No porque lo merezcas, sino porque le resulta más sencillo volcar en ti lo que no se permite sentir sola.
2. El refuerzo intermitente
Hay relaciones que se construyen a base de contradicciones: un día cariño, otro día frialdad. Momentos de cercanía seguidos por desplantes. Y ese vaivén emocional crea una dependencia difícil de romper.
Tal vez, incluso ahora que ya no están juntos, esa dinámica sigue viva. Tal vez sigas siendo su “colchón emocional”. Alguien que siempre estuvo, que no se queja, que entiende, que perdona.
Y ella, quizá sin darse cuenta, abusa de ese lugar que le diste.
3. El control encubierto
A veces, el mal humor es una forma de control.
Cuando alguien está constantemente irritable o arisca, provoca que el otro camine con pies de plomo, con miedo a “molestar”, a decir algo fuera de lugar.
Es una forma de mantener el poder desde la tensión. De moldear al otro mediante la incomodidad.
Y tú, que lo único que quieres es estar en paz, acabas cediendo más de la cuenta, tragando palabras, aguantando gestos, callando dolor.
4. El desprecio por lo que es fácil y sano
Puede sonar absurdo, pero hay personas que no saben lidiar con la calma. Que confunden la estabilidad con el aburrimiento.
Y buscan conflicto porque les resulta familiar. Porque han aprendido que el amor se gana, se pelea, se sufre.
Entonces tú, que solo quieres cuidarla y que todo fluya, te conviertes en “demasiado bueno”. En alguien a quien no saben valorar, porque no duele.
Y ahí, sin quererlo, se activa el desprecio. No porque no seas suficiente, sino porque no encajas en su forma aprendida de amar.
5. El dolor que no quiere mirar
Tal vez le duela más de lo que aparenta.
Tal vez, aunque diga que es feliz, hay algo dentro de ella que no encaja. Y tú, al seguir presente, al no desaparecer del todo, le recuerdas lo que fue, lo que no funcionó, lo que no supo cuidar.
Y entonces se protege. Atacando. Distanciándose.
Porque verte bien le pesa. Porque saber que aún la quieres le incomoda. Porque todo lo que no dice… se filtra en la forma en que te trata.
No obtuve una sola respuesta.
Tampoco sé si existe una que lo explique todo.
Pero sí sé que esto no es justo para mi.
Porque lo estoy haciendo lo mejor que puedo con todo el dolor que me dejó dentro.
Estoy siendo honesto. Estoy cuidando incluso cuando no recibo lo mismo. Estoy apostando por la paz, aun sabiendo que eso implica a veces tragarme la rabia.
Y eso habla de mi, no de ella.
Porque no se trata de que sea perfecto, sino de que no merezco ser herido por alguien que ya no está… pero que sigue dejándome cicatrices nuevas siendo consciente de ello.
Continuará…
Deja un comentario