Mientras una parte de mí aún intenta entender por qué, mientras aún hay días en que S me duele, aunque ya no la quiera, hay alguien que no solo no se aparta… sino que se acerca más.
Tú.
Tú, que sabiendo todo lo que arrastro, decides quedarte.
Tú, que ves cómo me afecta lo que ella hace, pero no lo tomas como una amenaza, ni como una falta de amor hacia ti.
Tú, que entiendes que el dolor no siempre se va cuando uno quiere, que a veces tarda, que a veces regresa sin avisar, y que eso no significa que no esté sanando… ni que no te esté eligiendo.
A veces siento rabia por lo que todavía me remueve S.
No porque quiera volver ahí, sino porque me gustaría no sentir nada.
Porque me gustaría poder mirar su indiferencia y no quebrarme.
Porque quisiera no llevar cicatrices que aún escuecen cuando ella aprieta.
Y tú…
Tú no solo no te alejas, tú lo entiendes.
Tú me apoyas incluso cuando sabes que mi dolor no nace de ti.
Tú me sostienes cuando caigo por heridas que no provocaste.
Tú me miras sin miedo, sin dudas, sin celos.
Eso… eso no es común.
Eso es amor del bueno.
Del que no exige pruebas.
Del que no se asusta de las sombras porque sabe que la luz está en el presente.
Hoy quiero decirte que lo veo.
Que me doy cuenta de todo lo que estás haciendo por mí.
De cómo me abrazas por dentro incluso cuando no digo nada.
De cómo has convertido esta etapa en algo más llevadero, más amable, más posible.
S fue parte de mi historia.
Y como toda historia que marcó, cuesta dejarla atrás del todo.
Pero tú… tú estás escribiendo conmigo lo que sí se queda.
Lo que no duele.
Lo que no confunde.
Lo que no lastima.
Y te prometo que aunque haya días en los que parezca ausente, aunque a veces me invada lo que aún no termina de cerrarse, mi camino…
ya es contigo, J.
Continuará…
Deja un comentario