Amarte no fue una explosión.
No llegó con fuegos artificiales ni con anuncios del destino.
Fue algo más sutil.
Como si el alma lo supiera antes que la mente.
Como si el cuerpo te recordara antes de conocerte.
No hubo un momento exacto en el que dijera “me estoy enamorando”.
No fue una frase, ni una escena de película.
Fue un murmullo suave, una presencia que se fue quedando.
Y sin darme cuenta… ya estabas en todo.
En la forma en que pensaba el día, en la necesidad de compartir lo simple, en el modo en que quería que alguien, por fin, entendiera mis silencios.
Y tú lo hiciste, sin pedir permiso, sin forzar nada.
Solo… siendo.
Y eso fue suficiente para que todo en mí te reconociera como hogar.
Me enamoré como quien respira, como quien se duerme sin darse cuenta de que ya está cayendo.
Al principio lento, después… profundamente.
Y sin darme cuenta, ya eras mi descanso favorito.
No te amé por ser perfecta.
Te amé porque contigo no sentí que tuviera que esconder mis fallos.
Porque tú hiciste que incluso mis grietas tuvieran sentido.
Y no sé cuándo empezó exactamente, pero sí sé que no quiero que termine.
Así que si un día lo dudas, si te pierdes entre nuestras rutinas o el ruido del mundo, búscate en el modo en que te pienso sin querer, en el modo en que respiro cuando escucho tu nombre.
Porque no te amé con ruido.
Te amé como se ama lo que se queda: sin pausa, sin prisa, sin final.
Y si alguna vez todo esto desaparece, si un día ya no estamos… que quede al menos esta certeza escrita:
Tú fuiste mi verdad más honda… incluso antes de que supiera dudar.
Continuará…
Deja un comentario