Inicio de una serie de varias entradas que enlazaré seguidas: Empezar de nuevo con alguien que sí se queda.
La realidad no espera a que estés preparado.
Simplemente llega.
A veces golpea de frente, sin preguntar si aprendiste a levantarte. Sin importar si aún estás en el suelo por la última caída.
Y cuando llega, no hay filtro que la suavice, ni palabras bonitas que la escondan.
Es cruda. Directa. Innegociable.
Pero también es la que te moldea.
En estos últimos meses entendí muchas cosas… a la fuerza.
Que el dolor enseña más que cualquier consejo.
Que se crece más desde la pérdida que desde la comodidad.
Y que hay momentos en los que la vida no espera tu permiso para cambiarlo todo.
He tenido que ver cómo se me rompían los planes.
Cómo alguien que fue todo, se alejaba sin dar espacio a explicaciones.
Cómo, incluso deseando el bien, me devolvían indiferencia, enfado o frialdad.
Y me pregunté muchas veces si ser bueno valía la pena, si la justicia emocional realmente existía.
Pero con el tiempo —y los golpes— aprendí.
Aprendí que no todo lo justo ocurre en este mundo.
Que hay personas vacías que llegan lejos, y otras llenas de amor que se rinden en silencio.
Y aun así, sigo creyendo que el karma no olvida.
Que el tiempo pone a cada quien en su sitio, y que no todo lo que parece victoria, lo es.
La realidad me quitó cosas que amaba.
Pero también me mostró una fuerza que no sabía que tenía.
Me obligó a caminar solo, a mirar mis propias sombras, a sanar sin nadie que me recogiera del suelo.
Y en ese proceso duro, también apareció lo inesperado: una mano sincera.
Una presencia que no exigía, que no juzgaba, que no pedía explicaciones.
Una persona que decidió quedarse… sin que yo tuviera que pedirle que lo hiciera.
Esa es la realidad: una mezcla de belleza rota, de sueños manchados, de esperanza que se niega a morir.
Una dualidad constante entre lo que duele y lo que sostiene.
Entre lo que perdiste y lo que, sin buscarlo, encontraste.
Y aunque a veces duela más de lo que me atrevo a decir… aquí estoy.
Enfrentándola.
Con miedo, sí.
Pero con fe.
Con cicatrices, pero también con fuerza.
Porque si algo he aprendido, es que la realidad no se elige.
Pero sí se decide cómo caminar sobre ella.
Continuará…
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