Tercera entrada de la serie: Empezar de nuevo con alguien que sí se queda
No sé en qué momento empecé a tener miedo de recibir.
Tal vez fue cuando descubrí que cada vez que me ofrecían algo bonito, luego venía el precio.
Tal vez fue cuando entendí que no todos los abrazos eran refugio… algunos solo eran forma de retenerme.
Me acostumbré a dar.
A sostener.
A cuidar sin que me cuidaran.
A entregar sin calcular, incluso cuando no me devolvían ni el eco.
Y cuando llega alguien que sí lo hace bien, como J… cuando llega alguien que da sin exigencias, sin dobles intenciones, sin prometer y aún así se queda… cuesta.
Cuesta confiar.
Cuesta no sentir que en cualquier momento va a cambiar.
Cuesta no esperar ese “pero” que antes siempre llegaba disfrazado de gesto amable.
J me está enseñando algo que creí haber olvidado: que hay personas que no piden explicaciones para quedarse.
Que no te hacen sentir culpable por estar roto.
Que no te recuerdan lo que has vivido como si fuera una mancha que nunca se borra.
Ella simplemente está.
Y está de verdad.
No por interés, no por lástima, no por necesidad… sino porque quiere.
Y eso, por muy hermoso que suene, también da miedo cuando vienes del dolor.
Porque te descoloca.
Te obliga a mirar lo que no has terminado de sanar.
Te enfrenta a la posibilidad de que sí, esta vez sea diferente.
Y cuando uno ha vivido esperando el golpe, aprender a recibir es casi tan difícil como aprender a confiar.
Pero poco a poco, voy soltando.
Voy dejando que me abrace sin pensar que luego se irá.
Voy respondiendo con calma, no desde la necesidad, sino desde el deseo.
Voy entendiendo que no tengo que merecer el cariño… porque hay quien te lo da sin ponerte a prueba.
Y en ese proceso, torpe y real, estoy aprendiendo algo nuevo: que hay formas de amar que no hieren.
Y que a veces, lo más valiente no es entregar… es dejar que te den sin sentirte en deuda.
Continuará…
Deja un comentario