Quinta entrada de la serie: Empezar de nuevo con alguien que sí se queda
Llega un momento en el que te das cuenta.
No porque suene una campana ni porque desaparezca el pasado de golpe.
Te das cuenta en lo pequeño.
En ese pensamiento que antes pesaba y ahora solo pasa.
En esa canción que ya no duele.
En ese nombre que ya no se clava.
En ese recuerdo que te visita, pero ya no te rompe.
No es que hayas olvidado.
Es que, por fin, estás en paz con lo que fue.
Es que el dolor ya no ocupa tanto espacio.
Es que lo que antes era herida, ahora es historia.
Y no ha sido fácil.
Hubo noches sin sueño.
Días en los que te preguntaste si ibas a poder con todo.
Momentos en los que diste más de lo que te quedaba.
Pero seguiste.
Y sin darte cuenta… estás más lejos del punto de partida de lo que imaginabas.
Y en medio de ese proceso lento y real, estuvo ella.
J.
No para rescatarte, sino para acompañarte.
No para tapar lo que dolía, sino para ayudarte a mirarlo sin miedo.
Y fue así, sin prisa, sin presión, como empezaste a sanar.
Porque no fue su amor lo que curó tus heridas.
Fue el espacio seguro que creó para que tú mismo empezaras a curarte.
Fue la forma en que no se fue cuando todo en ti temía que lo hiciera.
Fue la paciencia.
El silencio compartido.
La calma.
Y ahora estás aquí.
Mirando hacia atrás sin rabia.
Mirando hacia adelante sin tanto miedo.
Y mirándola a ella… con la certeza de que esta vez, no duele.
Porque cuando ya no duele tanto, lo sabes.
Lo sientes en la respiración.
En la forma en que te hablas.
En el modo en que puedes volver a sonreír sin pensar en lo que perdiste… sino en lo que tienes.
Y eso, después de tanto, es una forma de milagro.
Continuará…
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