Ayer fue un día raro. Largo. Intenso. De esos que no sabes cómo empezar a contar porque pasó mucho más de lo que parece desde fuera.
S y yo habíamos quedado temprano, en la puerta del trabajo. Íbamos juntos a una formación a más de una hora y media en coche. En realidad, dos… con los atascos de Madrid.
Llegué antes de tiempo. Entré solo. Preparé dos cafés, uno para cada uno, en los termos que había comprado hacía semanas pensando en nosotros. Pequeños gestos que a mí me salen solos cuando alguien me importa, aunque esa persona ya no esté de la misma forma en mi vida.
Mi idea era entregarle unos regalos que tenía por San Jorge (aunque realmente es hoy) a lo largo del día, entre la ida y la vuelta. Con calma, con intención. Pero los nervios me ganaron.
En los primeros veinte minutos de trayecto ya se los había dado todos: el libro, el colgante de Arwen, la rosa forjada… y, por último, la nota. Todo en el orden que había preparado.
Ella los recibió. Sonrió. Agradeció.
Pero fue una sonrisa sin eco.
No sé si fue mi percepción, pero no sentí emoción verdadera. Como si todo eso, aunque bonito, ya no fuera para este momento. Como si llegara tarde, que lo entiendo perfectamente pero eso no quita que duela igualmente.
Y ahí, aunque no dije nada, sentí ese nudo que no se nota por fuera… pero aprieta por dentro.
Durante la formación estuve bien. Con la cabeza en su sitio.
Pero después… tuvimos tiempo libre antes de comer y fuimos a un sitio en el que lo habíamos pasado bien cuando aún estábamos juntos.
Y allí, sin decirlo, me rompí un poco.
No fue una crisis. No fue algo visible.
Fue de esas veces en las que el corazón se te cae al suelo mientras tú finges estar bien.
Volvieron muchos recuerdos.
Y por mucho que la cabeza diga que no, el corazón todavía la recuerda desde el amor.
En la comida, llegó el momento.
Empezamos a hablar de lo que pasó.
De lo que llevó a que la relación terminara.
Y ella me hizo varias preguntas pero sobre todo me marcaron dos. Dos que llevaba tiempo guardándose.
La primera:
“¿Por qué justo el fin de semana que se mudaba e iba a ser el primer fin de semana juntos en nuestra primera casa compartida decidí irme a mi pueblo?”
Mi respuesta fue corta, torpe, sincera: no lo sé del todo.
Sospecho que fue miedo.
Miedo a que saliera mal.
Miedo a que se sintiera sola lejos de su entorno.
Miedo a no ser suficiente.
Siempre intenté priorizar su bienestar. Hacerla sentir bien, cuidada, segura.
Y ese fin de semana, en lugar de eso, fui un cobarde y me equivoqué.
Y mucho.
Y lo sé.
La segunda fue más profunda, más compleja:
“¿Por qué nunca me incluiste en tu círculo de amigos?”
Ahí sí pude explicarme.
Cuando la conocí, yo aún estaba legalmente atado a una relación pasada, complicada, con amenazas serias.
Me aconsejaron que no hiciera pública ninguna nueva relación hasta que estuviera todo firmado.
Y ese “mientras tanto” se alargó demasiado.
Eso generó en S inseguridad, desconfianza.
Sintió que la ocultaba.
Y yo, que desde el primer día la puse por encima incluso de mí mismo, no supe cómo gestionarlo.
No sabía poner límites.
No sabía defender mi espacio.
Y por miedo a que mis amigos —que siempre opinaban demasiado— dañaran lo que tenía con ella… la aparté. Sin querer. Pero lo hice.
También en aquel tiempo mi padre fue diagnosticado con cáncer.
A mi madre la operaron del hombro y nunca volvió a tener movilidad plena.
Así que, cuando tenía días libres, me iba al pueblo a ayudarles.
Y aunque ella quería acompañarme, ayudarme, estar… yo no supe permitirlo.
No por desamor, sino por costumbre de cargar solo.
Pensaba que la cuidaba dejándola fuera de ese dolor, y en realidad lo que hice fue alejarla.
Todo eso se lo conté ayer.
Por fin.
Con calma.
Con verdad.
No sé si me creyó del todo.
No sé si me entendió.
Pero sentí que, por primera vez, pude decirle lo que le debía: una explicación real, sin filtros.
Una disculpa sincera, aunque tardía.
No sé qué esperaba de ese encuentro, yo mismo me refiero.
No tengo claro si buscaba cerrar, reconectar o simplemente dejar algo sobre la mesa.
Pero lo que sí sé… es que algo en mí cambió.
Algo se movió por dentro.
Ayer no contuve lo que sentía.
No me tragué las lágrimas.
No fingí estar bien.
No dije “no pasa nada” cuando en realidad sí pasaba.
Y aunque hablar dolió más que callar, me fui con la certeza de que al menos esta vez, no me guardé nada.
Continuará…
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