610. Esa frase que me rompió… y me sostuvo

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Anoche, después de todo lo que viví durante el día, sentí la necesidad de llamar a J.

Llevaba demasiadas cosas dentro como para guardarlas.

Así que cogí el teléfono, marqué su número y le conté todo.

Todo.

Desde el principio.

Cómo había comenzado el día con S, cómo le entregué los regalos, lo que sentí al ver sus reacciones.

Le hablé de los silencios, del sitio donde me rompí sin poder evitarlo, de esa comida en la que el pasado se sentó con nosotros a hablar.

Le conté también sus preguntas, las que tanto me removieron: por qué no me quedé ese primer fin de semana, y por qué nunca la integré en mi círculo más cercano.

Y mientras le hablaba, mientras le describía cada detalle, también le fui diciendo cómo me sentí en cada momento.

Sin filtros. Sin disfrazarlo.

Incluso le copié parte de lo que había estado escribiendo sin intención de publicar, porque todo esto que vivo no se lo puedo contar a medias.

Si alguien merece entenderlo todo… es ella.

Estuvimos mucho rato hablando.

Más de lo que suelo aguantar por teléfono, la verdad.

Porque odio hablar sin ver los ojos de la otra persona.

Pero con ella es distinto.

Tiene esa forma de escuchar que me calma.

De entender sin interrumpir.

De saber cuándo hablar y cuándo solo estar.

Y justo cuando yo ya no sabía qué más decir, soltó una frase que me dejó completamente descolocado.

Una de esas que no se olvidan.

Una de esas que te hacen sentir visto… entero:

“Óscar, confío en ti, sé perfectamente lo que sientes y cómo lo haces pues lo compartes cada día y de esa misma forma sé que tal como eres hasta que no estés en paz contigo mismo, con ella y con todo lo que os pasó, no terminarás de soltar pero eso que hiciste hoy es parte del proceso.”

Me quedé en silencio.

No porque no tuviera nada que decir, sino porque en ese momento, lo único que podía hacer era sentir.

Esa frase… me atravesó.

Por la claridad.

Por la verdad.

Y sobre todo, por la forma en la que ella me ve, incluso cuando yo me pierdo en mis propios laberintos.

J no intenta que olvide lo que viví.

No me presiona, no se compara, no se ofende.

Está.

Y eso… eso no tiene nombre.

Hoy quiero darte las gracias.

Gracias por escucharme cuando ni yo mismo sé ordenar lo que siento.

Gracias por entender que sanar no es lineal.

Gracias por no tener prisa.

Por no alejarte cuando podría ser más fácil hacerlo.

Gracias por confiar en mí incluso cuando yo mismo dudo.

Y gracias, sobre todo, por quererme sin exigencias.

Por hacerme sentir que, incluso en medio del proceso, alguien puede quedarse.

Te quiero, J.

Y no solo por lo que haces.

Sino por cómo eres cuando todo lo demás tiembla.

Continuará…

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