Segunda entrega de la serie: Con cicatrices se sigue viviendo
No sé si alguna vez te ha pasado.
Caminar por una calle y sentir que algo pesa.
Estar en un sitio donde antes fuiste feliz y notar que ya no se respira igual.
A mí, por suerte o por decisión, no me ocurre tan a menudo.
Nos conocimos en Madrid.
Allí convivimos, construimos, compartimos.
Y también en la ciudad donde trabajamos ahora.
Pero cuando la relación terminó y todo se desmoronó, decidí algo sin saberlo: volver a mi pueblo.
A mi raíz. A ese lugar que no dolía.
Y quizás por eso, por esa distancia física, hay lugares que nunca he vuelto a pisar.
No porque los haya borrado, sino porque aún no sé si estoy preparado para mirar de frente lo que significaron.
El trabajo es la excepción, claro.
Allí la veo, la tengo cerca.
Pero más allá de eso, mi entorno ha cambiado.
He construido nuevas rutinas lejos de lo que un día fue.
Y eso, aunque no evita el recuerdo, me ha permitido respirar sin tantos fantasmas.
Porque los lugares guardan memoria.
Y cuando hay amor de por medio, los rincones no son solo espacios: son testigos.
Del inicio.
De las primeras risas.
De los cafés compartidos.
De las veces que soñamos con un “para siempre” que no llegó.
Hoy hay calles que no transito, bares que evito, y bancos que prefiero no mirar.
No porque quiera olvidarlo todo, sino porque sé que, si voy, algo dentro de mí todavía se agita.
Pero también sé que llegará el día.
El día en que vuelva a pasar por allí, y en vez de doler, solo me dé un poco de nostalgia.
El día en que el lugar ya no tenga tanto poder sobre mí.
Porque con cicatrices también se sigue caminando.
Y aunque aún no sea por todas las calles, ya he vuelto a andar.
Continuará…
Deja un comentario