Cuarta entrega de la serie: Con cicatrices se sigue viviendo
Hay cosas que nunca se dijeron.
No porque no se sintieran, sino porque no se supo cómo.
Porque las palabras se ahogaban en la garganta, porque el miedo tapaba la verdad, porque el amor, a veces, se esconde justo cuando más debería mostrarse.
Si hoy la tuviera delante, si supiera con certeza que sería la última vez que cruzamos miradas, que ya no habría más silencios compartidos ni más cafés incómodos entre el pasado y el presente, le diría esto.
Sin rodeos.
Sin miedo a parecer débil.
Sin necesidad de respuesta.
Sara, eres lo más bonito que me ha pasado en la vida.
Y no es una frase hecha.
Es la verdad más desnuda que puedo decir.
Porque aunque no salió como esperábamos, aunque dolió más de lo que imaginamos, aunque nos fallamos sin quererlo… no cambiaría lo que viví contigo por nada.
Le diría que haría cualquier cosa por haberla hecho feliz para siempre.
Por haber encontrado la forma de no fallar donde fallé.
Por haber sabido expresarme antes, haber puesto límites, haber sido todo eso que ahora sí puedo ser.
Le diría que lo siento.
No como quien se arrepiente de haber amado, sino como quien reconoce que lo hizo mal… a pesar de haberlo hecho con el corazón en la mano.
Le diría que no tengo nada que perdonarle.
Que jamás la culpé.
Que siempre intenté protegerla, aunque el resultado fuera el contrario.
Que cuando me alejaba, no era porque no me importara, sino porque creía que así la cuidaba.
Y, por último, le diría la verdad más jodida de todas: jamás dejaré de amarte.
Pase lo que pase.
Aunque ya no estemos.
Aunque ya no duela igual.
Aunque ahora ame a otra persona de forma sana, libre y en paz.
Porque hay amores que no se olvidan.
Solo aprenden a vivir en silencio.
En un rincón del alma donde no hacen daño… pero tampoco desaparecen.
Y sí, ojalá hubiera podido decirle todo esto antes.
Ojalá me lo hubiera podido decir a mí mismo.
Pero hoy, al menos, lo escribo.
Y escribirlo… también es liberarse.
Continuará…
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