616. Aprender a vivir con lo que no se cerró

By

Quinta entrega de la serie: Con cicatrices se sigue viviendo

A veces no es el amor lo que se acaba.

Es la capacidad de seguir soportando lo que duele.

Y cuando eso pasa, la historia se rompe, pero no se cierra.

Queda flotando… como una conversación interrumpida, como una carta sin firmar, como un “qué hubiera pasado si…” que no deja de dar vueltas.

Eso fue lo que pasó con nosotros.

No se cerró.

No hubo un final claro, ni un portazo, ni un punto definitivo.

Solo un montón de silencios acumulados, una herida que nunca supimos cómo tratar, y dos personas que se quisieron tanto… que no supieron cómo curarse sin romperse.

Y sí, duele.

Duele cuando no hay una explicación que te calme.

Cuando no pudiste decir todo lo que querías.

Cuando ni siquiera sabes cómo llegaste a ese punto de distancia, ni por qué el amor no bastó.

Me encantaría decir que encontré la forma de hacer las paces con todo eso.

Que un día desperté y ya no me dolía.

Pero no.

La verdad es que sigo aprendiendo a vivir con ello.

A convivir con la ausencia.

A entender que hay capítulos que no tienen cierre perfecto, pero que igual hay que pasar de página.

Quizás lo que me habría ayudado a cerrar mejor… habría sido una sacudida.

Una mirada firme, una frase directa.

Un “esto no lo vamos a arreglar solos, vamos a pedir ayuda”.

Porque el amor no era el problema.

Era la forma de gestionarlo.

Pero eso nunca llegó.

Nos rompimos esperando que el otro lo entendiera.

Y nos quedamos con un final que no lo fue.

Hoy me doy cuenta de que no todo se cierra.

A veces solo se aprende a llevarlo.

A mirarlo de frente y decirle: “no te he olvidado, pero ya no me detienes”.

“Sigues aquí, pero no mando desde ti”.

Y en ese pequeño paso… empieza la verdadera sanación.

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario