Sexta y última entrega de la serie: Con cicatrices se sigue viviendo
No hay botón de reinicio.
No se empieza desde cero.
Se empieza desde las ruinas.
Desde lo que quedó en pie.
Desde los pedazos que uno fue recogiendo mientras intentaba no perderse del todo.
Así estoy hoy.
No ileso.
No intacto.
Pero sí más consciente de quién soy, de lo que quiero, y de lo que no estoy dispuesto a volver a repetir.
Lo que viví con ella me dejó cicatrices.
Algunas aún arden.
Otras ya son solo marcas.
Pero todas me enseñaron algo.
Me enseñaron lo que pasa cuando uno no sabe comunicar.
Cuando se guarda tanto que termina explotando en silencio.
Cuando se ama más al otro que a uno mismo, creyendo que eso es lo correcto… y acaba doliendo a los dos.
Hoy, con J, es distinto.
No porque todo sea perfecto, sino porque todo es real.
Hablo.
Digo lo que siento.
Y cuando no puedo, escribo.
Y ella está.
Escucha.
Entiende.
No exige que borre el pasado, pero me acompaña a construir el presente desde un lugar limpio, sano, compartido.
Estamos haciendo las cosas bien.
Porque no hay heridas escondidas.
Porque no nos vamos a dormir enfadados.
Porque no usamos el silencio como castigo.
Y porque prometemos hablar, aunque cueste.
Aunque duela.
Aunque toque mirarnos con las manos temblando.
Con ella estoy aprendiendo algo que no supe hacer antes: comunicar, incluso cuando da miedo.
Y eso, más que amor, es libertad.
No puedo negar que lo que viví con S me marcó.
Ni quiero hacerlo.
Esa historia fue importante.
Me formó.
Me rompió.
Me enseñó.
Y aunque no se cerró como hubiera querido… ya no me define.
Hoy camino con la mirada hacia adelante.
Con un pasado que no niego, pero con un presente que quiero defender con el alma.
Porque sí… con cicatrices se sigue viviendo.
Y cuando se ama desde la paz, las heridas no desaparecen, pero dejan de sangrar.
Continuará…
Deja un comentario