625. Cuando la luna sigue saliendo (Una carta que jamás te enviaré)

By

Segunda entrada de la serie: Una historia sobre heridas que no se niegan, lunas que nunca dejan de salir, y caminos que, a pesar de todo, se siguen andando.

Hoy he vuelto a pensar en ti.

No porque quiera volver, ni porque me faltes.

Pensar en ti, a veces, es simplemente inevitable.

Como un reflejo.

Como una nota suelta que suena en medio de todo lo nuevo que estoy construyendo.

No sé si sabrás que sobreviví.

Que no me rompí del todo.

Que aunque hubo noches en las que casi marcaba tu número —y quizás en alguna lo hice—, siempre terminé colgando antes de que sonara.

Porque en el fondo sabía que no era el momento.

Que no era el lugar.

No te escribo para reclamarte nada.

Tampoco para pedir explicaciones.

Hoy no hay rencor.

Ni culpa.

Ni necesidad de cerrar lo que, de algún modo, ya quedó atrás.

Te escribo para decirte que estoy bien.

Que sigo adelante.

Que sigue saliendo la luna, aunque no estés tú para verla conmigo.

Que aprendí a sonreír de nuevo, a confiar, a querer sin miedo.

Que entendí que no todo amor tiene que doler para ser real, y que no todas las pérdidas tienen que dejar cicatrices que sangren eternamente.

Hoy, mientras el sol brilla y la luna me espera, sé que no eras mi final.

Eras parte del viaje.

Una parte hermosa.

Una parte dolorosa.

Una parte necesaria.

Gracias por todo lo que fuiste.

Por todo lo que no pudimos ser.

Por enseñarme —aunque sin querer— que puedo reconstruirme.

Que puedo volver a empezar.

No sé dónde estarás ahora.

No sé si alguna canción, algún día, te llevará de vuelta a un recuerdo nuestro.

Pero si alguna vez pasa, solo quiero que sepas esto:

Estoy bien.

Te quise.

Te quiero bien… aunque sea en la distancia.

Y sigo caminando.

Porque sigue saliendo la luna.

Y yo también sigo saliendo a vivir.

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario