627. Cuando callas y todo se revela

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Primera entrada de la serie: “Cuando el silencio empieza a hablar”. A veces, las respuestas no se encuentran en las palabras, sino en lo que callamos.

Hay momentos en los que hablar no sirve de nada.

No porque no tengas nada que decir, sino porque sabes que tus palabras van a chocar contra un muro.

Y es entonces cuando el silencio se vuelve tu mejor aliado.

A veces callar no es rendirse.

Es observar.

Es darle al otro la oportunidad de mostrarse sin filtros, sin el maquillaje de las excusas, sin el ruido de tus explicaciones.

Cuando dejas de defenderte, cuando ya no discutes, cuando no te justificas… la otra persona ya no tiene nada que combatir.

Y es ahí cuando empieza a enseñar su verdad.

En ese silencio incómodo que se instala cuando uno deja de dar respuestas, el otro empieza a moverse como realmente es.

Y lo que parecía confusión, empieza a tomar forma.

Lo que dolía sin saber por qué, empieza a tener nombre.

Porque el que se muestra solo cuando lo miran, está interpretando.

Pero el que se muestra cuando cree que nadie lo observa… ese, ese sí está diciendo la verdad.

Callar a tiempo puede ser una forma de amor propio.

Una manera de dejar de poner energía en quien solo se alimenta de tu desgaste.

Una forma de protegerte sin levantar muros.

Una manera sutil, pero poderosa, de recuperar el control sin necesidad de imponerte.

Y no es fácil.

Callar duele.

Morderse las ganas de gritar, de pedir, de suplicar… duele.

Pero también sana.

Porque cuando ya no necesitas que el otro lo entienda para saber lo que mereces, algo dentro de ti empieza a reconstruirse.

Y entonces comprendes que no fue resignación.

Fue claridad.

Continuará…

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