Segunda entrada de la serie: “Cuando el silencio empieza a hablar”. A veces, las respuestas no se encuentran en las palabras, sino en lo que callamos.
Dicen que a veces el verdadero poder está en quedarse callado.
Y yo, que tantas veces me tragué palabras, lo entendí tarde… pero lo entendí.
No siempre hay que hablar.
No siempre hay que demostrar nada.
A veces basta con observar, con dar espacio, con hacerse el tonto.
Porque ahí, en ese silencio que parece debilidad, es donde la verdad se revela.
Cuando dejas de defenderte, el otro deja de fingir.
Y es entonces cuando todo se ve claro.
Durante mucho tiempo quise explicarme.
Justificar por qué me dolía, por qué me quedaba, por qué me costaba soltar.
Quise que entendiera que yo solo quería que fuera feliz, aunque no fuera conmigo.
Pero aprendí que hay personas que no saben recibir ni siquiera el bien.
Que convierten tu ternura en debilidad, y tu paciencia en excusa para herirte sin culpa.
Así que callé.
No por resignación, sino por cansancio.
Porque me cansé de hablar con quien ya tenía el discurso preparado.
Porque me di cuenta de que, a veces, las palabras sobran y lo único que importa… es mirar.
Y cuando por fin lo hice, cuando dejé de insistir, ella se mostró tal y como es.
Sin máscaras, sin cuidados, sin disfraces.
Y ahí lo vi.
Vi que mi silencio era más honesto que todas sus explicaciones.
Vi que mientras yo callaba, ella dejaba caer todo eso que había intentado sostener con apariencias.
Vi que no hacía falta decir nada… porque el tiempo ya estaba hablando por mí.
Hoy sé que no me equivoqué en querer.
Pero también sé que no puedo seguir dando sin recibir.
Que merezco calma.
Que merezco verdad, sin adornos, sin dobles intenciones.
Y que en ese silencio que un día me pareció una derrota, estaba escondida la mayor de las victorias: ver con claridad lo que no era para mí.
Continuará…
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