Tercera entrada de la serie: “Cuando el silencio empieza a hablar”. A veces, las respuestas no se encuentran en las palabras, sino en lo que callamos.
Después de tanto callar.
Después de tanto observar.
Después de descubrir que el silencio duele, pero también revela… apareciste tú.
No llegaste con ruido, ni con promesas, ni con la urgencia de querer llenar ningún vacío.
Llegaste tranquila.
Sin empujar nada.
Sin disfrazarte de lo que no eres.
Y eso, después de tanto ruido, fue paz.
Paz de la que se queda. De la que abraza sin apretar. De la que no se asusta si hay heridas.
No necesitaste que te explicara cada cosa.
Solo miraste y entendiste.
No me pediste que olvidara lo que dolía, solo me ofreciste estar mientras sanaba.
Y no sé cómo lo haces, pero contigo no necesito defenderme.
No tengo que demostrar ni protegerme del golpe.
Puedo simplemente… ser.
Tú no interpretas.
No finges entenderme.
No me usas para proyectar tus vacíos.
Estás.
Y eso, aunque suene simple, lo cambia todo.
Porque contigo descubrí que no hace falta hacerse el tonto para que el otro se muestre.
Tú te mostraste desde el primer día.
Desde la risa sincera, desde la calma, desde ese lugar limpio en el que uno siente que no hace falta fingir.
Y no sabes cuánto valor tiene eso después de haber vivido todo lo contrario.
Después de acostumbrarse a caminar con cuidado, a medir las palabras, a sentir que incluso el cariño tenía condiciones.
Tú rompiste ese patrón.
Me enseñaste que hay amores que no duelen.
Que hay personas que no esperan que te rompas para prestarte atención.
Que hay lugares que no asfixian… y se parecen a un abrazo.
Así que gracias.
Por no exigirme lo que no podía dar en ese momento.
Por entender que sanar no es lineal.
Y por quedarte, sin hacer ruido, justo cuando más necesitaba silencio y compañía.
Tú no llegaste para salvarme.
Pero sin duda, me ayudaste a volver a mí.
Continuará…
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