Primera entrada de la serie: Quererse también duele.
Hay que tener el alma hecha trizas para entender esta frase.
Porque quien no ha sabido quererse… no lo ha olvidado nunca del todo.
Se vive con eso.
Se camina con ese peso invisible.
No quererse no es solo una etapa.
Es un abandono silencioso que uno aprende a normalizar.
Es mirar al espejo y ver defectos donde debería haber dignidad.
Es callarse por costumbre. Ceder por miedo.
Es dar, dar y dar, hasta que uno se convierte en nada más que un vacío.
Te dices que es amor, que es comprensión, que es empatía.
Pero no.
Es castigo.
Es el eco de todas las veces que te enseñaron, directa o indirectamente, que no valías suficiente.
Que tenías que esforzarte más.
Que no eras prioridad ni para ti mismo.
Y entonces un día, sin darte cuenta, ya no sabes cómo se quiere alguien como tú.
Y el reflejo en el espejo ya no es enemigo, es desconocido.
Hasta que un día… te hartas.
Y empiezas a quererte sin saber cómo.
A tientas.
Torpe.
Con miedo.
Pero con hambre de ti.
Y te miras con compasión.
Y te abrazas después del llanto.
Y te eliges, aunque no sepas todavía cómo sostenerte del todo.
Y poco a poco, te reconstruyes.
Sin aplausos.
Sin fuegos artificiales.
Solo tú y el silencio.
Solo tú… y esa promesa: voy a quererme hasta que olvide por qué no lo hacía.
Y un día, casi sin darte cuenta, ya no recuerdas las razones.
Ya no duele tanto.
Ya no te arrastras.
Y entonces, sí: te tienes.
Y eso, créeme, es más que suficiente.
Continuará…
Deja un comentario