Tercera entrada de la serie: Quererse también duele.
Durante mucho tiempo, no abrazaste tu cuerpo.
Lo vestiste, lo usaste, lo empujaste… pero no lo abrazaste.
Mirarlo era encontrar fallos.
Tocar tus cicatrices era recordar batallas que no habías pedido pelear.
Sentirlo era a veces cargar con vergüenza, culpa, frustración.
Nos enseñaron a amar cuerpos ajenos.
A admirar cuerpos lejanos.
A perseguir ideales imposibles.
Pero nadie nos enseñó a mirar el nuestro sin reproches.
Así, aprendiste a castigarlo en silencio.
A forzarlo cuando estaba cansado.
A negarle descanso, amor, ternura.
A querer cambiarlo, ocultarlo, moldearlo para encajar en ojos que nunca lo mirarían de verdad.
Y cada vez que no te abrazabas, algo dentro se rompía un poco más.
Hasta que un día… ese abandono se volvió normal.
Hasta que un día… creer que tu cuerpo era indigno fue parte de ti.
Pero no siempre tiene que ser así.
Un día —no de golpe, ni con fuegos artificiales—, empiezas a tocarte con respeto.
A bañarte sin prisa.
A acariciar una cicatriz sin odiarla.
A agradecer a ese cuerpo por sostenerte en todas las guerras, incluso cuando tú mismo fuiste parte del enemigo.
Un día entiendes que ese cuerpo que despreciabas fue el que te llevó hasta aquí.
Que esas manos que no querías mirar también escribieron tus victorias.
Que esas piernas que te parecían torpes también te sostuvieron en medio de tus peores derrotas.
Y entonces, empiezas a abrazarlo.
No porque sea perfecto.
No porque haya cambiado.
Sino porque al fin entendiste que era tuyo.
Que siempre estuvo de tu lado.
Incluso cuando tú no lo estabas.
Abrazas tus marcas.
Abrazas tus debilidades.
Abrazas lo que antes negabas.
Y descubres, en el acto más sencillo y más poderoso, que tu cuerpo —con todas sus grietas— también merece amor.
Sobre todo de ti.
Continuará…
Deja un comentario