645. Quererse también duele (La primera vez que me defendí)

By

Quinta entrada de la serie: Quererse también duele.

No fue un grito.

No fue un portazo.

No fue una venganza ni una escena de película.

La primera vez que me defendí fue más silenciosa que cualquier herida.

Fue un “no” que apenas me salió de la boca, temblando.

Fue un paso atrás cuando todo dentro me pedía seguir cediendo.

Fue un mensaje no contestado.

Fue elegirme… aunque me doliera.

La primera vez que me defendí sentí miedo.

Mucho miedo.

Miedo de perder.

Miedo de decepcionar.

Miedo de quedarme solo.

Porque durante años había confundido querer con aguantar.

Con callar.

Con aceptar todo lo que llegara, aunque me rompiera.

Y defenderme… defenderme se sentía como traicionar todo eso que había aprendido.

Pero aún así, lo hice.

Por primera vez, no negocié con mi dignidad.

Por primera vez, no busqué excusas para quedarme donde me dolía.

Por primera vez, me elegí.

Y no fue heroico.

No fue glorioso.

Fue sucio, confuso, triste.

Lloré. Dudé.

Pensé en volver atrás.

Pero no lo hice.

Porque algo dentro —una voz que llevaba demasiado tiempo callada— me dijo:

“Ya basta.”

No fue el final del dolor.

No fue el final de las caídas.

Pero fue el principio de algo que ni siquiera sabía que necesitaba: respeto por mí mismo.

Desde aquel día supe que defenderse no es egoísmo.

Es amor propio.

Es la mínima lealtad que te debes.

Es la promesa silenciosa de no volver a traicionarte, aunque el mundo entero no lo entienda.

La primera vez que me defendí no gané la guerra.

Pero gané algo aún más valioso: me encontré.

Y eso, después de tanto tiempo perdido… fue suficiente.

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario