Epílogo de la serie: Quererse también duele.
No hubo un gran momento.
No hubo un aplauso, ni una voz anunciándolo.
Simplemente, un día, sin darte cuenta, ya no te dolía tanto.
Un día te miraste en el espejo… y no te odiabas.
No te amabas con euforia, no cantabas victorias… pero tampoco te rechazabas.
Simplemente, estabas.
Un día te sentaste a solas contigo mismo y no buscaste distraerte.
No necesitaste correr, no necesitaste callarte la mente a gritos.
Pudiste respirar en tu propio silencio.
Un día, sin fecha marcada, entendiste que ya no esperabas que otro viniera a salvarte.
Que ya no mendigabas atenciones.
Que ya no te rompías para encajar en corazones ajenos.
Un día, simplemente, empezaste a cuidarte como cuidas lo que sabes que no quieres volver a perder.
Y no fue un acto heroico.
Fue rutina.
Fue constancia.
Fue cansancio de vivir roto.
Fuiste aprendiendo a abrazar tus vacíos.
A reírte de tus heridas.
A respetar tus límites sin pedir disculpas.
Fuiste aprendiendo que ser tu refugio no era encerrarte, sino ser capaz de sostenerte en los días en que el mundo no supiera cómo hacerlo.
No eres perfecto.
No estás completo.
No tienes todas las respuestas.
Pero te tienes.
Y ahora sabes que eso, aunque antes parecía poco, es todo.
Te tienes.
Y eso es tu mayor victoria.
“No siempre se trata de volver a ser quien fuiste. A veces, se trata de construir, por fin, la persona que siempre mereciste ser.”
Continuará…
Deja un comentario