Dicen que el pasado está muerto.
Que no se toca. Que no se revive. Que no se puede cambiar.
Y sin embargo… ¿por qué a veces huele tan vivo?
¿Por qué hay canciones que nos devuelven al abrazo?
¿Por qué hay calles que todavía saben a despedida?
¿Por qué hay noches que, sin aviso, se llenan del aroma de lo que ya no está?
El pasado es la única cosa muerta cuyo aroma es dulce.
Y eso es lo que más confunde.
Porque cuando algo duele, uno espera poder enterrarlo.
Cerrar el capítulo. Alejarse.
Pero hay recuerdos que no se van, hay personas que ya no están… pero siguen oliendo a casa.
Y cuando ese aroma aparece —en una frase, en un rincón, en una taza de café compartida alguna vez— uno vuelve sin querer.
No porque quiera regresar a lo mismo, sino porque ese pasado guarda la versión más pura de algo que ya no será.
El primer beso.
Las risas tontas en el sofá.
Las llaves girando en la puerta y un “ya estoy en casa”.
Todo eso vive en una especie de limbo: no existe, pero se siente.
No está… pero pesa.
Y no, no duele como al principio.
Ahora duele bajito.
Como una herida que ya no sangra, pero que sigue doliendo cuando cambia el clima.
Duele con dulzura.
Con una nostalgia que no mata, pero tampoco deja vivir del todo.
Quizás por eso cuesta soltar.
Porque hay pasados que ya no queremos revivir, pero tampoco sabemos olvidar.
Porque sí, está muerto.
Lo sabemos.
Pero huele tan bonito… que cuesta no volver solo un poco.
Un instante.
Un respiro.
Un suspiro que aún dice su nombre.
Continuará…
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