Primera entrada de las serie: Sana, para vivir de verdad
Hay heridas que no sangran, pero construyen muros.
Cicatrices invisibles que se disfrazan de desconfianza, de orgullo, de distancia.
Y sin querer, sin saberlo a veces, cerramos las puertas del alma… justo cuando alguien llama con amor verdadero.
Porque el amor no siempre llega como en las películas: perfecto, impecable, salvador.
A veces llega torpe, lleno de dudas, lleno de miedos.
Y si no hemos sanado, si seguimos viendo el mundo a través del dolor que otros nos dejaron, terminamos alejando justo a quien habría sabido quedarse.
Sanar no es olvidar lo que te rompió.
Sanar es reconocerlo, acariciar esas grietas, entender que forman parte de ti…
pero no permitir que definan cómo amas ahora.
Sanar es permitirte confiar otra vez.
Es bajar la guardia sabiendo que puede doler, pero también sabiendo que hay quien merece conocerte sin las corazas, sin los “por si acaso”, sin los miedos heredados.
Porque cuando no sanas, ves fantasmas donde hay caricias.
Y cuando sanas, reconoces las caricias como lo que son: refugios, no amenazas.
Permítete sanar.
No para olvidar lo que pasó, sino para abrir espacio a lo que puede llegar.
No para borrar tu historia, sino para escribir una nueva.
Una donde no tengas que huir cuando alguien, de verdad, quiera amarte.
Una donde puedas quedarte… y dejar que te cuiden también a ti.
Continuará…
Deja un comentario