Primera entrada de la serie: Donde se confunden
Dicen que donde hay miedo no puede haber esperanza.
Que uno anula al otro.
Que si temes, no crees.
Y si crees, no temes.
Pero el amor, cuando es real, desafía esas normas.
Porque a veces, justo cuando más esperas algo bonito, es cuando más miedo sientes.
No por falta de fe, sino porque sabes lo que costó llegar hasta aquí.
Esperas porque algo dentro de ti todavía cree, porque ves en esa persona una posibilidad distinta, una calma nueva.
Y al mismo tiempo… temes perderlo.
Temes que no sea suficiente.
Temes que la herida vieja vuelva a sangrar justo cuando estabas empezando a sanar.
Es entonces cuando el amor se vuelve una mezcla de temblores y alas.
Una contradicción preciosa:
el miedo a perder lo que por fin te da paz y la esperanza de que esta vez, sí… sea distinto.
Y lo es.
Lo sabes, aunque a veces dudes.
Porque hay miradas que no se fingen, presencias que no se van.
Y cuando te abrazan, el miedo baja la voz y la esperanza, por fin, empieza a hablar más fuerte.
Miedo y esperanza.
Tan distintos.
Tan tuyos.
Tan confundidos, cuando amar vuelve a ser posible.
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