Cuarta entrada de la serie: Donde se confunden
Siempre pensé que la fuerza era no llorar.
No tambalearse.
No necesitar.
Que ser fuerte era resistirlo todo… incluso a uno mismo.
Pero con el tiempo —y con la vida— entendí otra cosa: la verdadera fuerza nace justo donde más frágil te sientes.
Cuando te atreves a abrirte aunque tiemble la voz.
Cuando dices “me duele” y no bajas la mirada.
Cuando dejas de fingir que estás bien solo para no preocupar a los demás.
Eso es fuerza.
La más real. La más humana.
Porque ser fuerte no es que nada te afecte.
Es permitirte sentir sin esconderte.
Es caerte, pero no mentirte.
Es romperte… pero con dignidad.
Y es ahí donde se confunden la fragilidad y la fuerza.
Donde las lágrimas no son rendición, sino honestidad.
Donde la vulnerabilidad no es debilidad, sino el coraje de mostrar lo que muchos ocultan.
Y a veces, solo a veces, llega alguien que lo ve.
Alguien que no te pide que seas valiente, sino que te acompaña mientras lo intentas.
Y entonces ya no necesitas fingir que puedes con todo.
Porque entiendes que también mereces que alguien te sostenga cuando no puedes contigo.
Y ahí, justo ahí, te das cuenta de que ser frágil también es una forma de ser invencible.
Continuará…
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