Séptima entrada de la serie: Guerras interiores.
No todo lo que parece fortaleza es fuerza.
A veces, lo que ves como carácter firme… es solo una coraza.
Un mecanismo de defensa forjado a base de decepciones, de traiciones, de heridas que nadie curó.
Porque sí, hay personas que se endurecen para no volver a romperse.
Que responden con frialdad porque ya no quieren volver a sangrar.
Que levantan muros no por arrogancia… sino por puro instinto de supervivencia.
Personas que aprendieron a hablar con firmeza porque en el pasado, cuando fueron suaves, nadie las escuchó.
Que ahora responden con distancia porque cuando se acercaron demasiado… las dejaron caer.
Y entonces aprendieron a no pedir ayuda.
A no mostrar el temblor.
A ocultar la emoción tras respuestas secas.
A disfrazar la tristeza de independencia.
Pero detrás de esa armadura hay una herida.
Una que no se cerró, solo se tapó.
Una que sigue ahí, latiendo bajito, recordando todo lo que dolió.
Y por eso a veces, quienes parecen más fuertes, son los que más necesitan ser abrazados.
Ser comprendidos.
Ser mirados sin juicio.
Porque la verdadera fortaleza no está en no necesitar a nadie, sino en atreverse a mostrar la herida sin miedo a que alguien más la lastime.
Y si alguna vez fuiste de los que endurecieron el alma… te mereces, más que nadie, una ternura que no huya ante tus muros.
Alguien que entienda que no estás siendo frío… estás protegiendo lo poco que te queda en pie.
Continuará…
Deja un comentario