No sé si aún piensas en mí.
No sé si alguna vez lo haces con el corazón en la mano o solo como un recuerdo borroso al que ya no te atreves a mirar.
Pero yo, aunque no debería, todavía lo hago.
No me quedé por debilidad, me quedé por amor.
Por eso aguanté, por eso intenté entender incluso lo que no tenía sentido.
Me tragué palabras por no hacerte daño, me tragué lágrimas para no parecer frágil, y terminé ahogándome con todo lo que callé.
Me dolía más tu frialdad que cualquier adiós.
Más tu indiferencia que cualquier grito.
Y lo peor de todo es que me hacía más daño tu presencia distante… que tu ausencia definitiva.
Y aún así, aquí estoy.
Sin rencor.
Sin necesidad de que regreses.
Solo con esa punzada leve y constante que dejan las cosas que no se cerraron bien.
Como una herida que no supura, pero nunca termina de sanar.
No quiero que vuelvas.
Ni siquiera quiero que me extrañes.
Solo quiero que un día, cuando te sientas fuerte, cuando ya no necesites mentirte, reconozcas que te quise de verdad.
De esa verdad que incomoda.
De esa que no sabe vestirse de orgullo.
Y si alguna vez piensas que exageré, que me pasé de intenso, que sentí de más…
Ojalá también entiendas que amarte así fue mi forma de morir un poco cada día… esperando que al final tú también sintieras.
Pero no fue así.
Y ya no te culpo.
Solo necesitaba decirlo.
Aunque jamás lo leas.
Continuará…
Deja un comentario