Hay días en los que sin darte cuenta escondes la risa.
Como si fuera algo que debiera quedarse dentro.
Como si reír alto fuera un atrevimiento.
Como si mostrarte feliz, genuino, imperfecto… fuera romper alguna norma invisible.
Y no lo haces por cobardía. Lo haces porque te enseñaron que destacar era peligroso.
Porque aprendiste a caminar sin hacer ruido, a hablar bajito para no incomodar, a sonreír apenas para no llamar la atención.
Pero tú no naciste para apagarte.
Tu voz tiene timbre de verdad.
Tu rostro cuenta historias que nadie más puede contar.
Y tu sonrisa —esa que a veces se escapa sin permiso— es más necesaria de lo que crees.
No la escondas.
Porque no hay error en tus gestos, ni culpa en tu alegría, ni necesidad de disculpas por ser quien eres.
No bajes la mirada cuando alguien te vea reír, alza el rostro: ahí estás tú, sin filtros, sin capas.
Real. Vivo.
Y si algún día dudas, si te sientes demasiado o no suficiente, si piensas que nadie te ve, recuerda esto: alguien, en algún lugar, está buscando a alguien como tú.
Alguien que se atreva a mostrarse con todo lo que es.
Y quizás, cuando vea tu luz sin vergüenza, se atreva también a encender la suya.
Así que ríe.
Brilla.
Tiembla si hace falta, pero no te escondas.
Porque en este mundo que calla y juzga, ser uno mismo sigue siendo el acto más valiente.
Continuará…
Deja un comentario