686. Donde se confunden (I): Esperanza y resignación

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Hay un punto en el que la esperanza y la resignación ya no se enfrentan.

Se miran, se reconocen… y hasta parecen entenderse.

Porque cuando has esperado tanto, cuando has dado tanto, cuando has imaginado tantas veces el mismo futuro… llega un momento en que seguir soñándolo también cansa.

La esperanza te empuja a seguir creyendo.

Te repite que aún queda una posibilidad, una última mirada, una palabra pendiente, un gesto inesperado.

Pero la resignación, silenciosa, empieza a poner los pies en el suelo.

Y te dice: “quizá lo que sueñas no es lo que vendrá. Y aún así, sobrevivirás.”

Uno no deja de esperar de golpe.

Uno se desgasta poco a poco.

Pierde el brillo en los ojos sin darse cuenta.

Aprende a mirar sin buscar.

A callar lo que antes gritaba.

Y lo más duro no es aceptar que algo ha terminado.

Lo difícil es entender que ya no depende de ti.

Que aunque pusieras cada pedazo de ti en esa historia, aunque aún queden palabras por decir, abrazos por dar o caminos por recorrer juntos… esa puerta ya no se abrirá.

Y ahí es cuando esperanza y resignación se entrelazan.

Cuando el corazón quiere, pero la piel ya no se lanza.

Cuando la fe se vuelve susurro y la rendición, consuelo.

No es que no ames.

Es que ya no puedes seguir amando a costa de ti.

Porque seguir esperando a alguien que ya no está… es como mantener viva una vela en mitad del viento: agotador, inútil, doloroso.

A veces resignarse es el acto más valiente.

El que no nace del olvido, sino del amor propio.

El que reconoce que quedarse esperando lo que no volverá es una forma lenta de desaparecer.

Y entonces, en ese cruce de caminos, entiendes que dejar ir no siempre es perder.

A veces, es volver a ti.

Continuará…

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