687. Donde se confunden (II): Nostalgia y gratitud

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Hay recuerdos que duelen… y al mismo tiempo, reconfortan.

Te arrancan una lágrima, pero también te arrancan una sonrisa.

Es extraño, porque en el fondo sabes que ya no volverán.

Y aún así, agradeces que hayan existido.

Eso es la nostalgia.

Una herida que no sangra, pero tampoco cierra.

Una caricia en el alma que viene desde atrás, desde lo que fuiste, desde lo que viviste.

Y que por algún motivo, sigue latiendo.

Hay quienes piensan que para sanar hay que olvidar.

Pero no es cierto.

A veces, la verdadera sanación está en recordar… sin romperte.

En poder mirar hacia atrás y decir: “me dolió, pero también me construyó.”

Y ahí es donde aparece la gratitud.

No como conformismo, sino como comprensión.

Como ese gesto que le haces al pasado para decirle: “te reconozco, me marcaste, y aunque te lloré, también aprendí a quererme después de ti.”

Porque no todo lo que se va deja vacío.

A veces deja lecciones, fuerza, claridad.

Y eso también es amor.

Uno distinto. Uno sin apego. Uno más sereno.

Nostalgia y gratitud.

Dos sentimientos que parecen oponerse, pero que, en realidad, se abrazan.

Porque solo se extraña de verdad lo que alguna vez te hizo feliz.

Y solo se agradece con el alma lo que, de algún modo, te cambió para siempre.

Así que sí… duele.

Pero también sana.

Continuará…

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