Hay días en los que todo está bien.
La respiración es suave, los pensamientos se ordenan, el presente no duele.
Y sin embargo, en medio de esa paz… aparece ella: la nostalgia.
No grita. No irrumpe. Solo se sienta a tu lado.
Te roza el pecho con una mano suave y te recuerda lo que ya no está.
Y ahí, justo ahí, donde por fin habías encontrado un rincón de calma, vuelve a brotar una lágrima que no duele del todo, pero tampoco se disuelve.
Porque la nostalgia no siempre arruina.
A veces solo acompaña.
A veces no interrumpe la paz, solo la tiñe de un tono más lento, más humano.
Y entonces entiendes que puedes estar en calma… y aun así extrañar.
Que puedes haber cerrado el capítulo… y aun así acariciar los bordes de la historia de vez en cuando.
La calma y la nostalgia no son enemigos.
Se entienden, se respetan, se dan la mano.
Una te dice que todo está bien.
La otra, que no siempre lo estuvo, pero que sobreviviste.
Y en esa mezcla rara, en ese equilibrio delicado entre respirar sin dolor y recordar con ternura, es donde se asienta la vida real.
Continuará…
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