A veces, cuando pensamos en lo que dolió, lo hacemos con rabia, con pena o con reproche.
Pero otras veces, el dolor se presenta de otra forma… más serena, más honesta.
Y es ahí donde empieza a confundirse con la gratitud.
Porque dolió, sí.
Pero también te enseñó.
Te dejó cicatrices, pero también lecciones.
Te arrancó sonrisas, pero te regaló profundidad.
Quizá no volverías a vivir lo mismo, pero tampoco querrías borrar todo lo que vino con ello.
Hay personas que llegaron para marcarte, no para quedarse.
Y aunque se fueron dejando un vacío, también te dejaron pedazos de luz.
Y en ese cruce extraño, donde recuerdas con los ojos húmedos pero el corazón en calma, descubres que es posible llorar y agradecer al mismo tiempo.
Dolor y gratitud no se anulan.
Conviven.
Una te recuerda lo que perdiste, la otra, lo que ganaste al pasar por ello.
Y entre ambas, creces.
Continuará…
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