700. No la odio (aunque me duela todo lo que no fuimos)

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Tercera entrada de la serie: Me lo repito para creerlo.

No la odio.

Y créeme que habría sido más fácil si lo hiciera.

Si pudiera cargarle todas las culpas, pintar su nombre con rencor, y archivarla en la lista de personas que nunca debieron quedarse.

Pero no.

No la odio.

Aunque me duela.

Aunque a veces me ahogue en todo lo que no fuimos.

No la odio…

porque incluso en medio del caos, hubo momentos donde el mundo se detenía con solo mirarla.

Porque hubo ternura, complicidad, gestos pequeños que hoy me persiguen cuando intento dormir.

Porque hubo amor. Aunque ahora solo queden restos de lo que alguna vez brilló.

No la odio…

aunque a veces me duela que ya no me recuerde.

Que sus manos ahora abracen otra rutina, otro cuerpo, otra risa.

Que su mirada ya no me busque, que su voz no se quiebre al nombrarme.

No la odio.

Y eso es lo que más me rompe.

Porque si pudiera odiarla, tal vez podría olvidarla.

Pero sigo deseando que sea feliz, incluso cuando su felicidad no me incluye.

Sigo esperando que alguien la quiera bien, incluso si ese alguien no soy yo.

No la odio.

Solo me duele.

Me duele el “podríamos”, el “casi”, el “quizá algún día”.

Me duele haberlo dado todo y que no fuera suficiente.

Me duele verme en un espejo y no reconocer al que soñaba con un futuro a su lado.

No, no la odio.

Pero hay días en los que me gustaría hacerlo.

Porque vivir con este amor que ya no tiene dónde ir… también cansa.

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