702. Lo que duele y, sin embargo, enseña

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Epílogo de la serie: Me lo repito para creerlo.

No me hizo falta volver a verla llorar para saber que algo dentro de los dos seguía sin cerrarse del todo.

No necesitaba una última conversación, ni una frase final perfecta.

Solo necesitaba mirarme por dentro… y aceptar que lo que una vez nos unió, hoy ya no sabe sostenernos.

He amado con todo.

He dado lo que tenía y también lo que no.

Me vacié en promesas, en gestos, en silencios.

Y aún así, no fue suficiente.

No porque no fuera amor, sino porque el amor —cuando no se cuida, cuando no se construye de ambos lados— se desgasta.

Hoy sé que no hay culpables claros.

Que ella hizo lo que pudo con lo que tenía.

Y que yo también.

Que a veces no se trata de no querer, sino de no saber cómo hacerlo bien.

Me quedo con las sonrisas que todavía me arrasan el pecho al recordarlas.

Con las palabras que alguna vez me abrazaron.

Con la forma en la que su voz calmaba mi caos, aunque solo fuera un rato.

No me olvido del daño.

Tampoco lo niego.

Pero decido quedarme con la parte buena, aunque eso signifique llorar a veces con una mano en el pecho y la otra sosteniéndome para no caer.

Esta no es una despedida hacia ella.

Es una despedida hacia la idea de lo que soñé que seríamos.

Es el punto final a esa historia que escribí mil veces con la tinta de mi esperanza.

Es el primer paso hacia una vida donde el amor no duela tanto.

Donde pueda volver a mirarme con orgullo, con calma, con verdad.

Y si algún día ella lee esto… si alguna vez se pregunta si significó algo… que sepa que sí.

Que fue todo.

Aunque doliera.

Aunque no volvamos a cruzarnos.

Aunque ahora nuestros caminos no se miren ni de lejos.

Fue todo.

Y ya está.

Ahora toca seguir.

Con cicatrices, pero vivo.

Con dolor, pero en paz.

Con nostalgia… pero con los pies en la tierra y el alma, por fin, en proceso de reconstrucción.

Continuará…

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