No todo en mí se ha curado. Y eso también forma parte del camino.
Hay días en los que el pasado pesa más de lo que me gustaría. Días en los que su nombre —ese que ya ni siquiera digo— vuelve a arder dentro como si no hubiera pasado el tiempo. Días en los que todo se tambalea y lo único firme que queda soy yo, sujetándome con lo poco que tengo, con lo que aún resiste.
No estoy completamente bien. Pero aquí estoy.
He aprendido a convivir con mis grietas, sin tener que taparlas todo el tiempo. A llorar sin esconderme. A hablar sin rabia. A reconocer lo que me duele sin tener que justificarlo, sin pedir perdón por seguir sintiéndolo.
Mi presente es extraño. Ya no me rompo como antes… pero tampoco sonrío igual. Camino más despacio, sí, pero con más verdad. Miro con desconfianza, pero con los ojos bien abiertos. Me estoy reconstruyendo desde lo poco que quedó en pie: yo.
Ya no necesito fingir que soy fuerte. He entendido que resistir no es aguantarlo todo en silencio. Resistir es elegirme cada día, incluso cuando no estoy seguro de merecerlo. Es decir “hoy no puedo más” sin sentirme débil por ello. Es sostenerme con manos temblorosas, pero mías.
Porque en medio del ruido, de las ausencias, de lo que no fue, sigo aquí. De pie.
Y aunque no sé si esto va a sanar del todo… sí sé que no voy a rendirme.
Porque he llegado demasiado lejos para hacerlo ahora.
Este presente no es perfecto. Pero es mío. Y lo estoy viviendo.
Continuará…
Deja un comentario