Primera entrada de la serie: Cuando el miedo manda.
Hace unos días, mi psicólogo me dijo algo que, aunque al principio me resistí a aceptar, terminó por hacerme mirar atrás con otros ojos. Me dijo:
“¿Te diste cuenta que por todo lo que me has contado y lo que escribes, perdiste algo de lo que no fuiste ni has sido consciente? Te doy una pista, en realidad te lo digo claro: tu dignidad.”
Llevo días dándole vueltas. Lo negué. Me enfadé incluso. Pero cuando uno se atreve a mirar con honestidad, no queda más que asentir con el alma rota. Sí, la perdí. Y ni siquiera lo vi venir.
Hoy quiero hablar del verano de 2022. No como una víctima. No para señalar a nadie. Sino como alguien que por fin está preparado para asumir lo que permitió que pasara. Porque ese día, sin saberlo, firmé el primer pacto en silencio con mi propio miedo. Y cuando el miedo manda, la dignidad es lo primero que se esfuma.
Aquel día, ella estaba con compañeras y algunos chicos que conocieron en una terraza. Yo, salía del trabajo y fui para pasar la tarde juntos. Pero algo en el ambiente era raro, tenso. Su actitud hacia mí era distante, hasta incómoda. Yo intentaba disimular, pero sentía cómo algo se rompía dentro sin saber qué.
Después supe —por una compañera que se atrevió a hablar— que había estado mirando mis redes sociales y vio fotos con quien había sido mi pareja anterior. Una persona con la que ya no compartía nada emocional, pero con quien, por recomendación legal, aún tenía ciertos vínculos en redes por un proceso complicado de separación.
Ella, que en su momento había dicho que el pasado no importaba, que lo importante era lo que podíamos construir… se rompió. Se sintió traicionada. No me lo dijo con calma, ni me preguntó. Gritó. Lloró. Me apartó. Me pidió que me fuera. Que la dejara.
Y yo… lo hice.
No discutí. No expliqué. No pedí que habláramos. Solo me fui.
Porque tenía miedo.
Miedo de que, si no hacía lo que me pedía, se iría para siempre.
Miedo de que discutir fuera perderla.
Miedo de quedarme solo.
Y así, sin darme cuenta, elegí callar mi verdad para sostener la suya.
Así, comencé a perderme a mí.
Esa noche, después de una tormenta de mensajes donde la culpa era solo mía, acabamos abrazados en mi cama. Como si nada. Como si todo. Y al día siguiente… lo dejé pasar. Cerré mis redes, anulé todo rastro del pasado, como si borrar una historia fuera la forma correcta de empezar otra.
Y ahora, desde este lugar en el que por fin he aprendido a mirar hacia dentro, entiendo que lo que hice no fue por amor. Fue por miedo.
Y no me arrepiento de haber amado.
Me duele haberme olvidado de mí en el proceso.
Porque ese día no fue solo una pelea. Fue la primera vez que le entregué mi dignidad al miedo con las manos temblando.
Y cuando haces eso una vez, se vuelve demasiado fácil repetirlo.
Continuará…
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