Tercera entrada de la serie: Cuando el miedo manda.
20 de noviembre de 2024.
Aquel día… me rompí.
No por una discusión. No por un grito. Ni siquiera por un portazo. Me rompí por un “no” envuelto en indiferencia, cuando lo único que necesitaba era un poco de calor. No emocional, no romántico. Solo un plato de comida caliente. Una ayuda mínima. Un gesto.
Me costó muchísimo pedirlo.
Porque quien ha aprendido a mendigar cariño, también siente que molesta cuando lo necesita.
Y aun así, lo pedí. Y no llegó.
Y en lugar de enfadarme, me disculpé.
Una vez más, puse mi dignidad sobre la mesa… para regalarla.
Recuerdo el dolor físico de esa tarde.
La punzada en la cabeza que no cedía. La opresión en el pecho. El paseo con aire frío que no aliviaba. La cerveza al lado del brasero que no calentaba nada. Ni el cuerpo. Ni el alma.
Y ahí estaba yo, solo.
Roto.
Pero con las manos aún tendidas hacia quien ya no tenía intención de acercarse.
Ese día escribí cosas que aún hoy me cuesta releer.
Confesé que me dolía verla feliz si no era conmigo.
Que su sonrisa, antes mi refugio, ahora se me clavaba.
Que la seguía amando, aunque me rechazara.
Que aposté por nosotros como quien lo pone todo al rojo… y volvió a salir negro.
Lo más cruel es que, incluso en medio del dolor, seguía creyendo que si me humillaba un poco más, si bajaba un poco más la cabeza, si demostraba cuánto la necesitaba… ella volvería.
Pero ese era el miedo hablándome.
El mismo miedo que me enseñó que pedir cariño es ser débil.
El mismo que me decía que si no luchaba hasta quedarme vacío, la perdería.
Y yo no entendía que ya la había perdido… hacía tiempo.
Y que en el intento, también me había perdido a mí.
Hoy lo veo claro:
No era un plato de comida.
Era una súplica.
Era mi dignidad arrastrada al borde de sus manos.
Y no la tomó.
Pero lo más duro no fue su “no”.
Lo más duro fue que, en lugar de protegerme… yo me culpé.
Me sentí mal por ponerla en ese compromiso.
Le regalé algo después. Como si, por pedir ayuda, tuviera que compensarla.
Eso es lo que hace el miedo cuando manda: te enseña que amar es desaparecer, ceder, pedir perdón por existir en las necesidades que tienes.
Hoy, todavía me duele ese día.
No por ella. Sino por mí.
Por no haberme defendido.
Por no haberme abrazado.
Pero también sé que ese día marcó el principio del fin.
Porque esa noche, con la mirada al techo, en una cama más fría que nunca, algo dentro de mí empezó a gritar:
“Basta.”
“Tú también importas.”
“No más.”
Y desde entonces, aunque me haya costado, aunque aún haya días de recaída…
He empezado a recuperar eso que perdí sin saberlo: mi dignidad.
Continuará…
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