Epílogo de la serie: Cuando el miedo manda.
No fue de golpe.
No hubo un portazo.
No hubo una escena digna de película.
Fue más bien como un susurro.
Un susurro que venía desde dentro.
Desde ese lugar donde todo dolía, pero algo empezaba a curarse.
Porque después de tantas veces en las que me callé, cedí, tragué, esperé…
Después de tanto tiempo dejándome para después con tal de no perderla a ella…
Un día me di cuenta de que ya no podía seguir siendo el segundo en mi propia historia.
Ese fue el día en que el miedo perdió fuerza.
El día en que dije “no más”.
No más silencios incómodos, no más disculpas por sentir, no más huir de los conflictos por miedo a ser abandonado.
Ese día no fue una batalla.
Fue una rendición.
Pero no ante ella.
Ante mí.
Me rendí a la verdad:
Que me había traicionado demasiadas veces por amor.
Que me había humillado por conservar algo que ya se me estaba yendo.
Que me había olvidado de cómo se siente respetarse.
Y que, si no lo hacía yo, nadie lo haría por mí.
Ese día lloré.
Lloré como quien se despide de un amor, sí…
Pero también como quien despide a la versión rota de sí mismo que tanto tiempo estuvo suplicando amor.
Y no fue fácil.
No lo es.
Porque el miedo sigue visitando algunas noches.
Porque a veces me sigo preguntando si hice bien.
Si debí insistir un poco más.
Pero ya no me miento.
Ya no me castigo.
Ya no camino descalzo sobre los cristales de lo que fue.
Ahora sé que el amor que duele constantemente no es amor.
Es apego. Es miedo.
Es una cadena disfrazada de abrazo.
Hoy camino con cicatrices, sí.
Pero con la cabeza alta.
Hoy elijo mi voz, mi espacio, mi dignidad.
Y aunque el corazón aún lata por los restos de un amor mal cerrado…
Ya no lo hace arrodillado.
Porque el miedo puede haber mandado mucho tiempo…
Pero ya no soy su súbdito.
Continuará…
Deja un comentario