716. Lo único que necesitaba era la verdad

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No hacía falta tanto. No hacía falta romperme los huesos del alma, ni arrancarme a tiras la dignidad, ni dejarme en silencio mientras intentaba entender cómo alguien que decía quererme podía quedarse tan quieta mientras yo me deshacía.

No hacía falta ir matando cada rincón en el que habitaba la esperanza. No era necesario. Bastaba con una sola frase: “Óscar, ya no te quiero”.

Porque sí, fuiste tú quien acabó con la relación. Fuiste tú quien decidió empezar de nuevo con otra persona mientras yo seguía remendando los restos de lo que fuimos. Pero lo que nunca fuiste capaz de hacer, ni siquiera entonces, fue decírmelo con claridad. Nunca me dijiste que ya no me querías. Y eso… eso fue lo que más me rompió.

¿Tan difícil era decirlo? ¿Tan imposible era nombrar esa verdad sin disfrazarla de excusas, de desplantes, de indiferencias calculadas?

¿De verdad había que empujarme al borde para que me soltara?

Yo habría entendido. Me habría dolido, sí, claro que sí. Me habría costado respirar, lo admito. Pero al menos habría tenido una certeza. Un cierre. Algo a lo que asirme cuando todo empezó a derrumbarse.

Pero en lugar de eso me dejaste esperando respuestas que sabías que no llegarían.

Y mientras tanto, yo me culpaba. Yo justificaba tus ausencias, tus gestos fríos, tus cambios de humor, tus palabras afiladas. Pensaba que era yo el que no sabía amar. Que era yo el que estaba fallando.

Y quizá fallé, claro. Todos lo hacemos. Pero lo que más me dolió fue que tú sí sabías lo que pasaba y elegiste callarlo. Elegiste no soltarme… pero tampoco quedarte.

A veces pienso que habría sido más fácil si hubieras tenido el valor de mirarme a los ojos y decirlo claro: “Ya no te quiero, Óscar”.

Esa frase, tan pequeña, tan dura, tan necesaria.

Y sin embargo, nunca llegó.

Hoy me toca reconstruirme sin esa verdad.

Me toca despedirme de una historia sin final claro.

Y aún así, sigo aquí… más vacío, pero también más consciente.

Porque por mucho que duela, al menos ya entendí que no era yo el que no sabía querer.

Era yo el que no quería irse sin luchar.

Y tú… tú fuiste quien no supo decir adiós como corresponde al abandonar a alguien.

Continuará…

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