Reflexión desde el diván de quien no quería soltar, hasta que entendió que lo único que no debía perder… era a sí mismo.
No sabía cuánto dolía hasta que me lo dijeron con palabras que ya estaban dentro de mí, pero no había sido capaz de pronunciar. “¿Te diste cuenta que perdiste algo de lo que no fuiste ni has sido consciente?” —me preguntó mi psicólogo—. “Te lo digo abiertamente porque estás preparado para escucharlo: perdiste tu dignidad.”
Y ahí, algo dentro se partió.
Porque era verdad.
Era jodidamente verdad.
Durante años pensé que amar era eso: ceder, callar, evitar el conflicto, desaparecer para no molestar. Cada vez que me echaban, que me gritaban, que me decían “vete”, yo me iba. Sin luchar. Sin resistirme. Sin pensar que quizás, esa vez, también tenía derecho a quedarme. A explicarme. A decir: “yo también merezco ser escuchado”. Pero no. Me fui todas y cada una de las veces. Por miedo. Por un pánico atroz a perder a quien más quería. Porque creí, equivocadamente, que obedecer era amar.
Y así fue como empecé a desaparecer.
Poquito a poco.
Renunciando a mí para no perderla a ella.
Hasta que un día, sin darme cuenta, ya no quedaba casi nada de mí.
Mi psicólogo me lo ha dicho muchas veces: no es que ella me quitara nada… fui yo quien se lo entregó todo. Incluso lo que no debía. Mi dignidad, mi voz, mi lugar. No es un reproche hacia ella, es una toma de conciencia hacia mí. Porque fui yo el que aprendió a amar desde la herida, desde la necesidad de ser suficiente, desde el miedo a no ser elegido.
Y por eso, mi cita de cada 13 no es solo con el psicólogo. Es conmigo. Con ese yo que, por fin, empieza a mirar de frente al que se escondía. Al que suplicaba amor aunque le dieran migajas. Al que temía más a la soledad que al dolor. Y sí, duele verlo. Duele darse cuenta de que, por amor, uno puede llegar a olvidarse por completo de sí mismo.
Pero también hay algo de alivio.
Algo que, en medio del dolor, me sostiene: ya no estoy ciego.
Ahora veo.
Y ver, aunque duela, es el primer paso para dejar de repetir.
Continuará…
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