720. Mi cita de cada 13. Mayo 2025. (Parte III. El precio de no elegirme)

By

Me convertí en especialista en disfrazar el abandono como amor incondicional.

Cada vez que me echaban y me quedaba callado.

Cada vez que me hacían sentir culpable por una emoción que ni siquiera sabía cómo explicar.

Cada vez que me tragaba el orgullo, los principios, el dolor… por miedo a perder a quien amaba.

Cada vez que pedía perdón por cosas que no eran culpa mía, por no saber defender lo que necesitaba, por evitar que me dejaran.

Cada vez que me fui sin discutir, sin una palabra, sin ni siquiera un reproche, como si la única forma de amar fuera rendirme en silencio.

Pagaba con dignidad todo aquello que no quería perder, aunque con ello también me perdiera a mí.

Y lo más triste es que, por más que me esforzara, por más que insistiera, por más que creyera que me estaban haciendo daño porque “era lo que tocaba”, nunca fue suficiente. Nunca bastó para que se quedaran. Para que me eligieran con la misma intensidad con la que yo me entregaba.

El ejemplo más claro fue S. Ella fue mi amor más profundo, sí, pero también donde más me dejé atrás. Cada vez que me decía “vete”, lo hacía. Cada vez que algo no le parecía, me amoldaba. Cada vez que mi opinión molestaba, la enterraba. No me permitía ser yo si eso podía significar perderla.

Y al final la perdí igual. La perdí sin haberme defendido. La perdí después de haber hecho todo lo que creía que debía hacer para que no se fuera. Y lo peor: me perdí yo mucho antes de perderla a ella.

Después llegó la terapia. Y el blog. Y J. Y la necesidad de mirar hacia adentro.

Y entonces vino el golpe.

Porque cuando mi psicólogo me dijo que había perdido la dignidad sin darme cuenta… dolió. Mucho. Pero también entendí que era verdad. Que no se trataba solo del amor hacia otra persona, sino del amor propio que había dejado de tenerme a mí.

Viví demasiado tiempo creyendo que para que alguien se quedara tenía que renunciar a mí.

Ahora sé que no.

Que quien se queda, se queda contigo completo. Con tu carácter, con tus ideas, con tus heridas y tus límites. Que amar no es obedecer, ni callar, ni someterse. Que uno no puede pasarse la vida evitando conflictos si con ello se está abandonando por dentro.

Me he pasado años viviendo en ese segundo lugar. Hoy intento salir de él. Pero no es fácil. Porque, como todo hábito, volver a uno mismo cuesta.

Pero lo estoy haciendo.

Y hay algo dentro de mí que empieza a despertar. No desde la rabia ni desde el orgullo, sino desde el valor. Desde la certeza de que si no me elijo yo, nadie lo hará por mí. De que si no aprendo a quererme entero, seguiré partiéndome en mitades para encajar en espacios que no me merecen.

Estoy aprendiendo, al fin, que amar también es saber decir: yo también importo.

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario