721. Mi cita de cada 13. Mayo 2025. (Parte IV. Volver a mí)

By

He pasado tanto tiempo buscándome en los ojos de los demás, que no sabía cómo mirarme a mí mismo sin sentir que faltaba algo.

No sé en qué momento me enseñaron que el amor era dejarse para que el otro se quedara. No sé cuándo me creí que el cariño era sacrificio, que el respeto era sumisión, que la comprensión significaba callarme lo que dolía. No sé si fue la primera decepción o la última promesa rota, pero lo que sí sé es que, durante mucho tiempo, dejé de elegirme.

Y ese fue el error más grande de todos.

Porque aprendí a entregarlo todo menos a mí. A cuidar de todos excepto de mis propios límites. A tener miedo de perder a quien quería, sin entender que lo primero que debía cuidar era el amor propio. Que si alguien no era capaz de sostenerme incluso cuando estaba roto, no merecía estar cuando me reconstruyera.

Durante este tiempo, he enfrentado muchas versiones de mí mismo. Algunas rotas, otras enfadadas, muchas heridas. Y cada una me ha enseñado algo. No hay proceso sin caída, no hay reconstrucción sin escombros.

Hoy, por fin, entiendo lo que me decía mi psicólogo: no es que la dignidad se pierda de golpe, es que uno deja de verla a fuerza de ceder demasiado.

Y es cierto. La perdí sin notarlo. La fui dejando cada vez que callé por miedo. Cada vez que aguanté lo que no merecía. Cada vez que me convencí de que amar a alguien era más importante que cuidarme a mí.

Pero también he aprendido algo más importante aún: que uno puede recuperarla.

Que la dignidad no es orgullo ni arrogancia, es raíz. Es volver a ti después de haberte traicionado sin querer. Es decirte frente al espejo: no te abandonaré más. Es no volver a ser el segundo plato de nadie, ni siquiera de ti mismo.

Y aquí estoy, levantándome con más verdad que antes.

He dejado de esperar que S me diga lo que nunca se atrevió. Y aunque parte de mí siga deseando una explicación, otra parte empieza a no necesitarla. Porque entender por qué no me eligieron no es tan importante como entender por qué dejé de elegirme yo.

Hoy no vengo a hacer promesas.

Vengo a abrazarme con todas mis luces y mis sombras.

A decirme que estoy haciendo lo mejor que puedo con lo que tengo.

A recordarme que lo que merezco no tiene que doler, ni desgastarme, ni partirme por dentro.

Y si hay un amor verdadero allá afuera —sea con J, con otra persona o solo conmigo mismo—, que sepa que no pienso volver a esconderme para que alguien más brille. Porque esta vez sí, esta vez me elijo yo.

Y si vuelvo a caer… ya no me arrastraré.

Porque ahora sé caminar, incluso con cicatrices.

Porque ahora ya no me dejo para el final.

Porque hoy, después de todo, soy mi mejor elección.

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario