Que no es que no te quiera, ni que no te escuche…
Es solo que hoy, por fin, me tomo el día para mí.
Y no por egoísmo, sino por pura necesidad.
Hoy no quiero sostener a nadie. Hoy quiero sostenerme a mí.
Quiero abrazarme como cuando era niño, con esa ternura que le daba a un peluche creyendo que él también me protegía.
Quiero dejar que ese abrazo me envuelva sin condiciones, sin prisa, sin juicio.
Porque últimamente, siento que me estoy quedando sin fuerzas de tanto dar, de tanto callar, de tanto intentar entender a todos… menos a mí.
Hoy me hablo. O quizá me callo.
Tal vez me pierda por un rato, o me encuentre sin querer.
No tengo planes. Solo quiero bajarme del mundo.
Apagar el ruido. Alejar el miedo.
Hoy no hay promesas ni respuestas.
Solo este momento conmigo.
Y eso… también debería contar como avance.
Porque todo va tan rápido últimamente…
Que a veces me despierto sintiéndome arriba del todo, y a las horas ya estoy arrastrándome por dentro.
Como si viviera en el ático de una vida imaginaria y en el sótano de mi realidad.
Y tal vez este frío emocional —este que me cala en los huesos cuando me cruzo con su mirada indiferente en el trabajo— necesita que por una vez, en vez de intentar derretirlo, simplemente lo abrace.
Hoy me río solo. Pensando en todo lo que he vivido, en lo que me he callado, en las veces que puse su bienestar por encima del mío sin que nadie lo viera.
Hoy no tengo ganas de ser fuerte para los demás.
Hoy no quiero entender lo que no se dice, ni justificar lo injustificable.
Hoy, por fin, me tengo.
Y por unos minutos, por unas horas, por un día… eso es suficiente.
Y sí, entiendo a quien necesita de alguien para disfrutar del tiempo.
Yo también lo he sido.
Pero hoy, me permito elegirme.
Hoy, por fin, me hago caso.
Hoy juego a hacer lo que quiera, sin culpa, sin miedo a que alguien se vaya, sin esa presión de demostrar que valgo algo.
Durante mucho tiempo no pude hacerlo.
Porque dentro de mí siempre había una guerra.
Una voz que me decía “aguanta”, “calla”, “no la pierdas”, “cúlpate tú”.
Y me lo creí. Me lo tatué en el alma.
Y ahora… ahora me cuesta hasta distinguir si lo que siento es rabia, tristeza o esa maldita necesidad de volver a sentirme elegido por quien ya no me quiere.
Pero también sé que vivir no es solo hacia fuera.
Es también sentarse con uno mismo y decirle: “te entiendo”.
Y eso es lo que voy a hacer.
Hoy me regalo el punto de partida.
Casilla cero. Sin disfraces. Sin esperar.
Hoy me salvo un poco, me recojo, me perdono.
Hoy me abrazo aunque no me reconozca,
y me digo con la misma ternura con la que consolaría a alguien que amo:
“No pasa nada si no estás bien. Estás aquí. Y eso ya es mucho.”
No voy a exigirme. No voy a machacarme por aún sentir lo que siento.
Por aún dolerme su nombre, sus gestos, su distancia.
Hoy no tengo que demostrarle a nadie que estoy mejor.
Hoy, solo quiero estar en paz.
Aunque esa paz sea inestable y me tiemble por dentro.
Soy social, lo admito. Necesito sentirme querido.
Pero también he aprendido que mi soledad no es enemiga.
Es refugio. Es silencio. Es verdad.
La vida… la vida no va a dejar de empujar.
Pero al menos hoy, yo decido cómo resistir.
No luchando contra todo, sino aceptando que estar roto no me hace débil.
Que caer no es rendirse.
Que doler también es humano.
Y que volver a empezar no es fracaso: es coraje.
Dicen que levantarse es valiente.
Yo creo que lo valiente es saber que volverás a caer… y aún así decidir seguir.
Que no todo se entiende. Que no todo sana.
Pero sí se aprende. Y a veces, eso también salva.
Yo soy de los que se mete en sí mismo, y se pierde.
Pero hoy, como tantas otras veces, vuelvo.
Aunque duela. Aunque me cueste.
Porque si algo tengo claro, es que no me voy a rendir.
Ni por ella.
Ni por nadie.
Ni siquiera por mí.
Hoy vuelvo a empezar.
Desde el centro. Desde la herida.
Con cicatrices, pero de pie.
Hoy, empiezo de cero.
Continuará…
Deja un comentario