Hay algo que ya no pienso permitir.
Y no es por orgullo, ni por rabia…
Es por amor.
Amor hacia mí.
Hacia todo lo que he tenido que reconstruir por dentro después de que me rompieran sin cuidado.
Jamás en mi vida voy a volver a permitir que me hagan sentir que soy todo un día… y al siguiente nada.
No más.
Porque ese tipo de amor, si es que puede llamarse así, te consume.
Te eleva con palabras dulces y te deja caer al abismo con silencios que gritan desprecio.
Te ilusiona con gestos que parecen eternos y te deja temblando con ausencias que nunca se explican.
He sido ese alguien que lo daba todo sin medida.
Que celebraba cada mensaje como si fuera una promesa, y cada mirada como si fuera el principio de algo duradero.
He sido esa persona que justificaba los vacíos del otro, que encontraba razones para la frialdad, para el cambio de humor, para el desinterés.
He sido quien se preguntaba una y otra vez:
“¿Qué he hecho mal?”
“¿Por qué hoy no me habla como ayer?”
“¿Dónde se fue ese cariño que hace apenas unas horas me hacía sentir el centro de su universo?”
Pero ya no.
No más.
Porque no merezco que me hagan sentir que un día soy especial y al siguiente soy invisible.
No merezco que mi estabilidad emocional dependa del estado de ánimo, del capricho o del desgaste ajeno.
No soy un interruptor que se enciende cuando conviene y se apaga cuando estorba.
No soy un premio de consolación ni un refugio temporal para quien no sabe lo que quiere.
Soy alguien que siente profundo.
Que ama con todo.
Que se entrega sin filtros y que solo pide lo mismo a cambio: verdad, constancia, respeto.
No promesas vacías, ni presencias a medias.
No palabras que hoy acarician y mañana cortan.
Aprendí que quien te ama no te confunde.
No juega con tu calma.
No te convierte en incertidumbre.
Hoy puedo decir que, aunque duela, estoy aprendiendo a cerrar puertas que antes dejaba abiertas por si acaso.
Hoy sé que no necesito mendigar afecto para sentir que valgo.
Hoy entiendo que no se trata de que me quieran todos los días igual… sino de que no me ignoren justo después de hacerme sentir que soy imprescindible.
Porque el amor que desaparece sin avisar, que cambia de tono sin motivo, que hoy te abraza y mañana te esquiva, no es amor.
Es egoísmo vestido de caricia.
Y yo ya no estoy para eso.
Hoy me elijo.
Y en ese acto, cierro la puerta a todo lo que me trate como si fuera intercambiable.
Hoy me respeto.
Y con eso, empiezo a sanar el dolor de haberme creído, durante mucho tiempo, que merecía las migajas de alguien que no supo quedarse.
Jamás, jamás en mi vida… voy a volver a permitir que alguien me haga sentir que soy todo un día… y al siguiente, nada.
Porque por fin entendí que el amor propio no se negocia.
Y que quien no sabe sostenerme con la misma firmeza con la que un día me prometió el cielo, no merece ni tocar el suelo por el que camino.
Continuará…
Deja un comentario