725. Donde nació mi inseguridad: Cuando no fui suficiente para nadie

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Segunda entrada de la serie: Donde nació mi inseguridad.

Nunca supe exactamente cuándo empecé a pensar que no era suficiente. No tengo un punto concreto que pueda señalar con el dedo, ni una escena congelada en el tiempo que me lo explique. Solo sé que, de alguna forma, lo fui sintiendo en cada rincón de mi adolescencia. Y lo peor es que, incluso hoy, todavía me descubro creyéndolo en silencio.

Recuerdo los últimos años del colegio y los primeros del instituto como una etapa que nunca quise revivir. Una época en la que aprendí que a veces el aula no es el único lugar donde se enseña… a veces, la mayor lección se da en los pasillos, en los grupos donde no te incluyen, en las risas que no compartes, en los golpes que recibes sin razón, y en las miradas que te ignoran como si no fueras nadie.

Había un chico —o quizás varios— que se metía conmigo. Me pegaba, se burlaba, me hacía sentir que cada intento por destacar o simplemente ser yo mismo, era motivo de burla. Y así, poco a poco, comencé a esconderme. Dejé de estudiar con la misma entrega que antes, no porque no me interesara aprender, sino porque tenía miedo de ser visto. Porque destacar era sinónimo de convertirte en blanco, y yo ya estaba cansado de serlo.

Físicamente, tampoco ayudaba mucho. Era delgado, muy delgado. Con 16 años apenas superaba los 50 kilos. Me sentía pequeño, insignificante. Tenía unas orejas enormes y un cuerpo que no me representaba, un espejo que me devolvía una imagen que solo reforzaba la idea de que no era suficiente para gustarle a nadie. Me miraba y no entendía cómo alguien podría elegir quedarse con alguien como yo.

Y en medio de todo eso… estaba ella.

J fue mi mejor amiga. Mi compañera. Mi escudo muchas veces ante los que se metían conmigo. Me defendía cuando no podía defenderme yo mismo. Me cuidaba cuando yo no sabía cómo cuidarme. Y, aunque lo sabía, nunca me correspondió de la misma manera en que yo la miraba a ella. No la culpo por ello, nunca lo he hecho. Pero lo cierto es que ese amor no correspondido reforzó una creencia silenciosa que se iba clavando en mí: ni siquiera quien más me conoce me puede llegar a amar.

No es que fuera malo. Nunca lo fui. Era un buen chico, con un corazón noble, con tintes de llegar a ser alguien que podría construir cosas bonitas. Pero eso no bastaba. No en esa etapa. No cuando lo que brillaba era lo superficial, la estética, el físico, la seguridad de quien camina por el patio como si el mundo fuera suyo. Yo no era ese. Yo era el otro. El que observaba desde la sombra, el que se tragaba las ganas, el que sonreía para encajar aunque por dentro se estuviera apagando.

Y así fue como fui aceptando que el amor, el de verdad, no era para mí.

Que los demás podrían encontrarlo, sí. Que podría ver cómo los chicos con encanto y porte conquistaban, cómo las chicas suspiraban por ellos, cómo el mundo giraba a su favor… mientras yo seguía siendo solo el amigo, el confidente, el “eres genial, pero no para mí”.

Esa etapa no solo me marcó: me configuró.

Plantó en mí una inseguridad que, aunque ahora comprenda de dónde viene, aún tiene raíces que me cuesta arrancar. Esa vocecita que me recuerda, incluso hoy, que quizás no soy suficiente para que alguien se quede. Que, si me eligen, es porque algo raro pasa. Que, si me aman, es cuestión de tiempo que dejen de hacerlo.

A veces me digo que no soy aquel chico de entonces. Que he cambiado. Que ahora me cuido, que me valoro más, que me esfuerzo, que incluso me veo mejor frente al espejo. Pero, aunque haya cicatrizado muchas heridas, esa herida del “no fui suficiente para nadie” no se borra tan fácil. Solo intento, cada día, vivir sin permitir que me defina.

Porque ahora lo sé: yo valgo. Aunque en el pasado no me hayan elegido. Aunque en el pasado no me hayan amado como yo merecía. Aunque, incluso hoy, me cueste hacerlo yo mismo.

Pero estoy en ello.

Y eso ya es un avance.

Continuará…

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