Tercera entrada de la serie: Donde nació mi inseguridad
Hay heridas que no sangran, pero siguen abiertas.
Hay huellas que nadie supo que dejó… y que tú arrastras el resto de tu vida.
Porque a veces, las inseguridades no aparecen de golpe. Se siembran en silencio, se riegan con miradas que no devuelven nada, con risas que suenan a burla, con rechazos pequeños que terminan calando profundo.
Y cuando creces con eso, sin darte cuenta, dejas de verte con los ojos propios… y comienzas a verte como te enseñaron a hacerlo: pequeño, insuficiente, invisible.
Desde fuera, todos podían ver que yo era un buen chaval. Noble. Con buenos sentimientos.
Pero en mi interior, algo me decía que no bastaba.
Y no es que hubiera una voz gritando, es que todo el entorno parecía susurrarlo cada día:
—“No eres el elegido. No eres el protagonista. No eres lo que buscan.”—
J estaba ahí, claro que sí. Era mi refugio. Mi aliada.
Pero también fue, sin quererlo, ese espejo donde me veía aún más pequeño.
Porque la miraba con los ojos de quien ama en silencio… y me veía con los de quien no es amado.
Y no la culpo. Nunca lo haría.
Ella me defendía, me protegía, me cuidaba. Pero en mi cabeza, eso no bastaba para sentirme suficiente.
Y eso… eso me acompañó mucho más tiempo del que debería.
Llegué a creer que tenía que ganarme el cariño. Que para que alguien se quedara, tenía que ser útil, gracioso, servicial.
Que si me convertía en indispensable, entonces sí valdría.
Y ahí comenzó mi necesidad de aprobación, esa que más adelante me llevaría a aceptar migajas por miedo a que nadie más quisiera quedarse.
Porque cuando creces sintiéndote “no elegido”, haces de la renuncia un hábito:
Renuncias a decir lo que sientes.
Renuncias a mostrarte vulnerable.
Renuncias a ponerte primero.
Y sin darte cuenta, aprendes a amar desde el segundo plano.
Por eso, con el tiempo, me convertí en alguien que sabía acompañar, sostener, escuchar…
pero que no sabía recibir lo mismo de vuelta.
Y claro, no lo sabía porque, en el fondo, no lo creía merecer.
Esa fue la raíz de muchas de mis relaciones adultas.
Yo amaba con intensidad, con entrega, con una fidelidad casi irracional…
pero lo hacía desde un lugar de carencia.
Buscaba en el otro la validación que nunca me dieron en los pasillos del colegio, entre los pupitres donde aprendí que mi sitio no era en el centro de la historia.
Hoy lo entiendo.
Hoy no me juzgo por haber amado así.
Tampoco culpo a quienes no supieron ver el daño que hacían con un gesto, con una palabra, con un silencio.
Pero reconozco el patrón.
Y al hacerlo, doy el primer paso para romperlo.
Porque no puedo volver atrás y abrazar al niño que fui, pero sí puedo cuidar al hombre que soy.
Sí puedo recordarme que no tengo que demostrar nada para ser digno de amor.
Que no necesito mendigar presencia, atención o afecto.
Y que, si no me eligen… no es porque yo no valga, sino porque aún no han aprendido a ver con ojos que sepan mirar.
Hoy sigo caminando con esas cicatrices.
Pero ya no las escondo.
Las muestro, porque ahí está mi verdad…
Y si alguien no sabe amarlas, al menos yo he aprendido a no odiarlas.
Porque esas inseguridades, aunque nacieron en el dolor, también me hicieron crecer con más empatía, con más humanidad.
Y quizá, solo quizá… hoy estoy aprendiendo a amarme desde lo que nunca recibí.
Continuará…
Deja un comentario